27 de julio de 2007

terapeuta: ¿cómo te sientes?

pacienta: bien.

t: dices que bien, pero no has dejado de llorar. ¿por qué te ríes?.

p: jajaja. no sé. bueno, sí. ja, algo no está bien.

t: estás disasociada. llora.

p: no puedo. no tengo tiempo para eso.

t: compra una cartulina y un plumón de tu color favorito. escribe: prohibido interrumpir mujer llorando y la cuelgas afuera de algún cuarto. ahí te encierras. llora. cuando termines deberás ver hacia adelante. si volteas te pasará lo que a la mujer de Lot: te volverás de sal.




5 de julio de 2007

El camarógrafo

Este día se levantó temprano y volteó a ver los senos descubiertos de la mujer que dormía en su cama. Perseguido por el delirio de la noche salió de la regadera y luego se tomó un café. “Ahí nos vemos”, le dijo y se fue en su carro dispuesto a enfrentar el tráfico. En los semáforos recordaba la imagen de aquellos excitantes pechos blancos coronados por el color rosa.


“Fotos por encargo”, con letras blancas. “Ordene aquí sus fotos por encargo”, en lona amarilla. “Gran promoción de fotos por encargo”, en espectacular de lucecitas prende-apaga. En la calle todos los anuncios dicen lo mismo. El fotógrafo sin talento para decir lo que piensa, sin valor para expresar lo que trae adentro, se siente vigilado por la misma foto: aquella de un personaje sin brillo propio.

En su escritorio, en la mesa de la fondita, haciendo fila para pagar la luz, en el mercado o en la gosolinería, le es imposible dejar de grabar imágenes en su cabeza: de los niños corriendo, del eterno vendedor de relojes, de la mujer masculina, del señor cansado, del vagabundo con su maletincito y aquella de la señora que cocina para otros. No puede evitar observar las risas, las arrugas, las manos callosas, la basura, los edificios viejos, la luz filtrándose bajo cualquier pretexto, las minifaldas y las pestañas. Pero siempre toma esa foto encomendada.

Hace algún tiempo que decidió casarse con su resignación porque ni siquiera se consideraba un fotógrafo, sino un simple un tirador de disparos con una cámara. Sin embargo, en él viven inexplorados tantos talentos como miedos: miedo a recordar, miedo a llorar y quizá miedo a cambiar de rumbo. Tranquilo baila frente al volante, truena los dedos y le sonríe a la morrita que lo observa en el auto de al lado. Canta. Va silbando la melodía del momento. Llega a su destino donde lo espera la representación de un personaje eterno. Clic. Clic. Clic. Flash. “No se muevan por favor. A ver… ahora tómense de las manos”. Clic. “Sonrían para la cámara… ¡Eso es! Una más y…” Clic. “¡Listo!”

Al final del día regresa a su casa, después de las siete y media como siempre. Prende la televisión, bebe algunas cervezas y deja escapar un par de carcajadas, luego como a las once da un salto mortal en la cama y sin querer golpea a su mujer (en la cara, en los pechos y en las costillas). Esta noche se acuesta cansado y pensativo (con la mano de disparar vendada). Voltea su cuerpo hacia la pared e intenta llorar sin conseguirlo, entonces cambia de rollo y en un acertado ¡Clic! se duerme.

Altanoche. Música, literatura, cine,  núm. 27. Hermosillo, Sonora. Junio de 2007.