4 de diciembre de 2007

Sí, acabo de satisfacer mi dósis de internet en una compu prestada. Estuve ausente por tres días, me dio la muina (sin fumar apenas llevo dos, espero que sean más, parece más sencillo dejar de fumar que dejar de conectarme; tengo gripa). Estoy molesta.

Entre la fiesta y la gripa no le di importancia al hecho de que no tenía señal de internet. Anoche no pude conectarme y hoy de plano me rendí. Y es que desde que me mudé a la Altamira no he pagado un centavo de internet. Hasta el sábado mi compu detectaba por lo menos tres señales abiertas y se conectaba a cualquiera de ellas automáticamente. Hoy estoy muy molesta porque me bloquearon. Muy molesta. Muy.

El internet debería ser gratuito, como la televisión pública. Ya es un medio masivo de comunicación, ¿que no? (que alguien me saque de mi error si no). Si ya gastamos en comprar los equipos de cómputo, los programas, la luz, el teléfono y a veces compramos cosas en red, ¡¿por qué demonios nos cobran la señal?!  Que les cobren a los que se anuncian y a los que usan las otras redes que no son www. Esto es un asunto público, un bien cultural, un derecho ciudadano. Aquí uno se comunica, establece redes de todo tipo, trabaja, acorta distancias, ahorra dinero en viajes, envía amor o lo hace, producimos (cultura, dinero, encuentros)!!!! . ¿Quién se opone a eso? ¡Que sea gratuito!

Insisto,
el internet debe ser gratuito.

1 de diciembre de 2007

El mar

Me enseñaron a nadar cuando tenía seis años. Los veranos eran frente al mar con el sol dorado. Pronto descubrí que sus aguas eran mías.

Las primeras olas fueron suaves caricias humedades: mi piel nueva. Era la arena comiéndose los dedos de mis pies.

Cada verano él era más hondo y yo más grande. Aprendí a lanzarme a través de olas gigantes: fui un delfín.

Su oleaje se tornó violento con los años, me tragaba y luego me escupía en la orilla. Insistí hasta sumergirme en sus abismos.

Mi transformación en agua tuvo su inicio en mis ojos. Ahora soy el peso de una ola arrastrando el cuerpo de una niña hacia la profundidad.




Moscas

La mosca 1

Vuela sobre tu cabeza como volar sobre mierda.



La mosca 2

Zigzaguea alrededor del foco, de mi taza café, de mis manuscritos.



La mosca 3

A veces me dejo guiar por mis instintos: mato.



La mosca 4

Dice una amiga que los mayates salen de la mierda. También que siempre la persiguen las moscas.



La mosca 5

La pasan, la fumo, saco el humo en forma de zetas, luego toso.



La mosca 6

¿Por qué la naturaleza permite que existan seres que se alimenten de Los deshechos, de Los despojos, de Lo que ha muerto, esos que se alegran de ver tanta mierda?



La última mosca

Sólo esperaba una respuesta y escuché un zzzzzzzzz.



“Moscas”. Altanoche. Música, literatura, cine, núm. 30. Hermosillo, Sonora. Septiembre, 2007.

1 de noviembre de 2007

Cazadora

Después de aquella mordida comenzó a sentir la necesidad de la carne. Todo inició en octubre durante las horas altas de la noche, preludio de aquella sala de luz azul donde ocurrió el ritual sin que se percatara: cantos, saliva, sudor y semen; un líquido color ámbar entrando por su boca. Hombres mujeres, mujeres hombres, cazadores girando en círculos concéntricos detrás de las palabrascuentos.

Primero notó el cambio de su olor y luego el aroma penetrante que desprendían los cuerpos que inundaban las calles. Los otros, además de sudor, segregaban varias sustancias que la incitaban a perseguirlos porque desprendían un perfume a pieldeseo.

En diciembre el sonido de una voz le descubrió la capacidad de vibración que tenía su tímpano: una caricia encantadora y placentera; el calor que producía su sangre circulando deprisa bajo su piel. De un día para otro nació la necesidad de la sombra (y de la lengua).

Tras nueve meses, en lugar de un hijo, sangraba. (¿Qué podía esperarse de dos bestias sino la muerte?). La presencia de la sangre debió anunciarle su transformación. Cuando comenzó a sentir la necesidad de la carne en la boca, de la piel en la lengua, cuando la vida era el sonido de sus pies estrellándose en las aceras, comprendió.

Los días comenzaron a ocurrir de noche. La luz azul era un recuerdo. El presente estaba acompañado de pupilas dilatadas y de cabellos gruesos entre pardo y negro. Tenía sed sin sueño. Sólo sed. A veces hambre.

Otra vez octubre. Recuerda y crece. El aire entrando por su nariz hasta llegar al pecho parece reventar sus senos y contraer su abdomen. El aire es distinto, pesado, grueso. El oxígeno dentro alienta las combustiones, le provoca un calor insoportable que le inflama los labios y se los llena de fuego.

Cuando el sol se aleja abre la puerta, sale hacia la calle y se hunde en la noche. Conduce persiguiendo el sonido de la vibración perfecta. La encuentra y se detiene. La conjugación de los verbos acertados le alerta los oídos, le abren la piel, le humedecen, le afilan el deseo de penetrar y acecha con la paciencia recién aprendida. Observa e inhala hasta llenarse de perfume; después, se alimenta.

Tras su recorrido concluye que no existe una esencia igual a otra, que algunas pieles ofrecen resistencia a los colmillos y que cada mordida produce un dolor distinto, un gemido nuevo y otro sabor en los labios. Mes con mes espera la ocasión de un placer indescifrable: ése que le provoca la sensación de la yema de los dedos dibujando círculos en su piel, la humedad deslizándose por su espalda.

Dicen que ciertos lobos tienen sólo una pareja en la vida y que cuando crían son los mejores padres. Algunos amaneceres se pregunta: del encuentro entre mujer y bestia, ¿qué ha quedado? ¿El hambre? ¿El deseo de carne entre los dientes? ¿El impulso de cazar para saciarse? ¿El instinto asesino? ¿El calor en las venas? ¿Un palpitar salvaje? ¿Un profundo vacío en el vientre? ¿Un aullido lanzado a media noche que no recibe respuesta?

 
Altanoche. Música, literatura, cine,  núm. 32. Hermosillo, Sonora. Noviembre de 2007.

14 de octubre de 2007

La memoria ha sido el hilo invisible que une a nuestros pueblos, así como las montañas que corren a lo largo de todo el continente bordan estas tierras.

Lo que algunos llaman “sueño”, “utopía”, “imposible”, “buenos deseos”, “delirio”, “locura”, se escuchó aquí, en la tierra del Yaqui, con otro tono, con otro destino.

Y hay un nombre para esto que hablamos y escuchamos en tantas lenguas, tiempos y modos.

Hay una palabra que viene desde el origen mismo de la humanidad, y que marca y define las luchas de los hombres y mujeres de todos los rincones del planeta.

Esta palabra es “LIBERTAD”.

Palabras de clausura del Encuentro de Pueblos Indígenas de América.
Vicam, Sonora, 14 de octubre de 2007.

12 de septiembre de 2007

11 de septiembre de 2007

Te encontré de rodillas en el jardín, pero estabas en la casa vieja, aquella donde nos cuidabas junto al río: mirabas el cielo preocupada. Sin pensarlo me lancé sobre tu cuerpo, me llené de tu aroma de flores y tierra fresca: me hundí en tus brazos de refugio como siempre. Tus canas liberadas de sus trenzas, tu vestido de seda gris con sus líneas de plata y el nudo de tus medias amarrado justo detrás de las rodillas me hicieron feliz.




¿Por qué no regresas?, te pregunté. Te extrañamos mucho: ¡vuelve! Ahora duermo en tu cuarto y lo he arreglado tan bonito. No te apures, sobre la pared quedaron la Dolorosa, el Sagrado Corazón, La Trinidad de tu pueblo y el crucifijo que era de tu madre. Te fui contando las cosas que han sucedido y te me quedaste viendo sin pronunciar palabra.



El tiempo comenzó a desdoblarse en mi cabeza: ¿cómo podría vivir en tu cuarto si estuvieras aquí? Me prendí de tus ojos y me abrazaste fuerte en ese instante, muy fuerte, y sentí el calor de tu cuerpo junto al mío, tus labios chiquitos y arrugados en mi mejilla. Al fondo, comencé a escuchar el sonido que hacen las hojas secas que han caído del guayabo, al estrellarse unas con otras cuando las arrastra un remolino, y giran lentamente en el patio, hasta convertirse en polvo, igual que tú.

10 de septiembre de 2007

27 de julio de 2007

terapeuta: ¿cómo te sientes?

pacienta: bien.

t: dices que bien, pero no has dejado de llorar. ¿por qué te ríes?.

p: jajaja. no sé. bueno, sí. ja, algo no está bien.

t: estás disasociada. llora.

p: no puedo. no tengo tiempo para eso.

t: compra una cartulina y un plumón de tu color favorito. escribe: prohibido interrumpir mujer llorando y la cuelgas afuera de algún cuarto. ahí te encierras. llora. cuando termines deberás ver hacia adelante. si volteas te pasará lo que a la mujer de Lot: te volverás de sal.




5 de julio de 2007

El camarógrafo

Este día se levantó temprano y volteó a ver los senos descubiertos de la mujer que dormía en su cama. Perseguido por el delirio de la noche salió de la regadera y luego se tomó un café. “Ahí nos vemos”, le dijo y se fue en su carro dispuesto a enfrentar el tráfico. En los semáforos recordaba la imagen de aquellos excitantes pechos blancos coronados por el color rosa.


“Fotos por encargo”, con letras blancas. “Ordene aquí sus fotos por encargo”, en lona amarilla. “Gran promoción de fotos por encargo”, en espectacular de lucecitas prende-apaga. En la calle todos los anuncios dicen lo mismo. El fotógrafo sin talento para decir lo que piensa, sin valor para expresar lo que trae adentro, se siente vigilado por la misma foto: aquella de un personaje sin brillo propio.

En su escritorio, en la mesa de la fondita, haciendo fila para pagar la luz, en el mercado o en la gosolinería, le es imposible dejar de grabar imágenes en su cabeza: de los niños corriendo, del eterno vendedor de relojes, de la mujer masculina, del señor cansado, del vagabundo con su maletincito y aquella de la señora que cocina para otros. No puede evitar observar las risas, las arrugas, las manos callosas, la basura, los edificios viejos, la luz filtrándose bajo cualquier pretexto, las minifaldas y las pestañas. Pero siempre toma esa foto encomendada.

Hace algún tiempo que decidió casarse con su resignación porque ni siquiera se consideraba un fotógrafo, sino un simple un tirador de disparos con una cámara. Sin embargo, en él viven inexplorados tantos talentos como miedos: miedo a recordar, miedo a llorar y quizá miedo a cambiar de rumbo. Tranquilo baila frente al volante, truena los dedos y le sonríe a la morrita que lo observa en el auto de al lado. Canta. Va silbando la melodía del momento. Llega a su destino donde lo espera la representación de un personaje eterno. Clic. Clic. Clic. Flash. “No se muevan por favor. A ver… ahora tómense de las manos”. Clic. “Sonrían para la cámara… ¡Eso es! Una más y…” Clic. “¡Listo!”

Al final del día regresa a su casa, después de las siete y media como siempre. Prende la televisión, bebe algunas cervezas y deja escapar un par de carcajadas, luego como a las once da un salto mortal en la cama y sin querer golpea a su mujer (en la cara, en los pechos y en las costillas). Esta noche se acuesta cansado y pensativo (con la mano de disparar vendada). Voltea su cuerpo hacia la pared e intenta llorar sin conseguirlo, entonces cambia de rollo y en un acertado ¡Clic! se duerme.

Altanoche. Música, literatura, cine,  núm. 27. Hermosillo, Sonora. Junio de 2007.

25 de junio de 2007

Vestiditos blancos

El fin de semana me dio por hacer limpieza y me dije, voy a tirar las cosas viejas que he ido guardando desde no sé cuando en esta caja. Entre el “chismógrafo” de la secundaria y un recorte de la falda de mi uniforme encontré una tarjeta de San Valentín que me regaló un noviecillo en tercer año (el primero que con una de sus manos me tocó la cintura y luego puso la punta del meñique justo donde inicia la rayita de las nalgas).
            También estaba ahí la bolsita donde tengo guardado mi vestidito de bautizo y el libro de mi primera comunión. Me acordé de los días del catecismo y del entusiasmo que despertaba en mí el pasar por el centro de la iglesia con mi velito y mi vestido blanco con crinolina. Por fin me vería como una princesa: ataviada con guantes de seda y zapatos nuevos de charol, estrenando calcetas “Periquita” con tejido de corazones y, por supuesto, la vela y mi librito de oraciones en la mano con su rosario en medio. Recuerdo que esa mañana me corté el copete y salí bien trasquilada en las fotos. Estaba muy asustada cuando entré a confesarme por primera vez, me acusé de ser muy contestona y de salirme sin permiso a jugar con mis amigas a sus casas. ¿De qué podía ser culpable a los diez años?, me pregunto hoy.
             “No desearás a la mujer de tu prójimo”, esa fue la lección más complicada, la más perturbadora. ¿Qué quería decir este mandamiento? ¿Qué maldad oculta entre las piernas hacía que los hombres ofendieran a dios con el pensamiento? Creo que fueron mis primeras sensaciones eróticas, desde luego llenas de vergüenza y culpabilidad. De eso, claro que no hablé con el confesor. Fue la única instrucción sobre sexualidad que abiertamente recibí de mi familia. Pasaron muchos años para que perdiera el miedo a caer en el infierno. Un día en la prepa dije, no más y creí haberlos mandado al carajo. Pero no, la verdad es que sigo siendo una miedosa.
            Un día fui al altar y me vestí nuevamente de blanco. Ahí me enteré de que el ramo de novia simbolizaba la fertilidad porque me lo dijo el sacerdote en voz quedita cuando se acercó a bendecirlo para que tuviera muchos hijos. Al cabo de los años comencé a preguntarme: si en la iglesia todo está regido por la masculinidad y aquel mandamiento reza “no desearás a la mujer de tu prójimo”, ¿entonces podrá una desear al hombre de la prójima o a su mujer? ¿o será simplemente que una no debe desear nada?. Eso del derecho canónico y la teología no se me dan.
            Finalmente pienso que sólo se trata de un artículo para restringir la convivencia entre los sexos, sabrá dios si por aquello de la multiplicación bíblica, o para que no vaya una por la vida con el condón en la bolsa lista para explorar. Sobre todo eso, que aquellas letanías han ensuciado el cuerpo y cada uno de sus botones, que corrompieron cualquier posibilidad de placer bien habido y libre de cargos desde el principio. Ahora comprendo la razón de los rincones oscuros y el corazón agitado, la mirada gacha por varias semanas después del primer beso. La perversión pura y su mugre. ¿Y el placer? ¿El placer? Pues no, nada de placer: temor puro en un principio. Luego ya, como que una aprende a retozar.
            Pero no, la verdad cero. En cuanto al sexo, no fueron enseñanzas sabias las que aprendí en mi casa. Recuerdo que cuando los protagonistas se besaban en la televisión se hacía un incómodo y caluroso silencio en la salita. No faltaba el gurú que le cambiara al canal ante la desvergüenza: ¡Esa ya estuvo! ¡Pobre mujer! ¡Qué pendeja! (¡Viva la castidad!) Yo imaginaba que el sexo era algo así como en las películas de Pedro Infante: que luego de un beso aparecía una vela encendida y en un segundo aparecía otra derretida sin luz, que luego todos eran ya muy felices. Si alguna vez pregunté, me habrán dicho que lo descubriría el día de mi boda. Ni idea, hasta que lo probé.
            Así que de enfermedades venéreas y de embarazos nada. ¿Para qué? ¿Información sobre el SIDA? Pues no, la gente decente no se contagia, es suficiente un documental sobre el aborto para desanimarla. De cómo hacerle para sentir rico… menos. Y así… puras de esas. No hubo socialización del placer femenino. ¿Será por que se trata de un fenómeno social reciente?, ¿de una veta casi virgen para las mujeres de este país?, ¿o de veras será que no existe y que es puro cuento?, porque no encontré estadísticas de los orgasmos femeninos por mes. Lo peor de todo es que a estas alturas mi madre se ruboriza y se esconde entre las bolsas de jabón y la lavadora para evitar el tema. ¡Vaya!, le digo yo. ¡Cuánta ropa sucia! Mis historias me las he ido quedando y están casi todas, junto con el vestidito blanco, en mi caja de objetos memorables. ¡Saltan como locas cada vez que me asomo!





Publicado en la revista andante26, núm. 05 (2007)

1 de mayo de 2007

Víctima de la noche

Corre por las banquetas. Se escucha el sonido de sus pezuñas estrellándose contra el cemento. Respira. Su vaho empaña la ventana de un carro estacionado. Respira. Sus dientes brillan iluminados por la luna. Corre. Estira sus cuatro extremidades. Avanza. Respira. Su pecho crece cada vez que el aire llega a sus pulmones. Su pelo brilla iluminado por la luna. Es negro, es gris, es casi blanco. Un cazador antiguo en busca cada noche de alimento.


Desea. Anhela sentir la suavidad de esa piel que recorre con la lengua. Disfrutar el sabor de esa carne en su boca. Desea porque la nada no satisface su deseo. Desaparece cada mañana incapaz de comprender aquel aroma grabado en su nariz. La noche. Sólo la noche le permite recordar.

Respira. Escucha el sonido de sus pezuñas que se estrellan contra el asfalto. El aroma en su nariz conduce su ruta por las calles. Respira. Su vaho empaña una ventana. Sus ojos de sangre negra adivinan al animal herido. Reconocen la más bella de las presas. La observa. La acecha. Anhela. Su lengua. Crece. Envuelve su cuerpo. Desea que olvide. Que se entregue desnuda. Que se entregue. Sus dientes le abren la espalda, se clavan en su nuca. Se excita. Crece. Desea sorberle hasta la última gota de humedad, cualquier manifestación de dolor, toda intención de huir. Escucha su propio gemido, un breve sollozo placentero. No dicen nada. Se entrega. Saborea la culpa que observa en sus ojos, esa expresión sólo humana que él no puede sentir. Gozan mientras muere. Se excita. Respira. Crece.

Respira. Su pecho se extiende cada vez que el aire entra en sus pulmones. Su pelo brilla iluminado por la luz de la luna. Hambriento. Vacío hasta la muerte.





Altanoche. Música, literatura, cine, núm. 25. Hermosillo, Sonora. Mayo de 2007.

10 de marzo de 2007

melancholie/melancholy/melancolía

Jane sostiene una bocina entre sus manos. Sentada sobre el piso de lo que pretende ser una cafetería, escucha la historia de su propia vida en las palabras de Travis. Escurren un par de lágrimas por sus mejillas. Detrás de un espejo, Travis sujeta el teléfono y le da la espalda. Las palabras fluyen después de cuatro años de amnesia. Nunca un abrazo, pero el lenguaje hace posible un momento de comprensión y de reposo. Road movie, personajes buscándose a sí mismos. Paris, Texas (Wim Wenders, 1984).


Melancolía: una forma de vida que atraviesa a miles de personas; un estado que conduce sus pasos por el mundo; un tema recurrente e inagotable expresado en el arte, así sea en el cine, en la literatura o en la música. Y, ¿cuántas veces ha guiado también las preguntas de los historiadores? ¿Cuántas veces ha sido la esencia de sus indagaciones sobre el ser humano? Tiempos mejores, épocas que en la memoria se graban como idílicas o como una imagen bizarra que a veces parece explicar (de momento) los episodios de los días en que perdimos el rumbo. Una respuesta que en el presente conforta, pero que con los meses muestra su desgaste y se fuga. Nuevas preguntas. De vuelta a las evidencias en busca de sentido.

Un día descubrimos que no había destino, que el destino era también una imagen para tranquilizar (y justificar) conciencias. El futuro se transformó en una imagen construida desde este día, en anhelo, en sueño y probablemente en pesadilla. El pasado es la sensación de que estuvimos, una certeza cuando descubrimos las cicatrices que va dejando en la piel. La melancolía se fortalece ante una realidad caótica que de vez en cuando permite que se asomen preguntas fundamentales: ¿quiénes somos?, ¿por qué estamos aquí? y, ahora, ¿por qué es tan difícil comunicarnos?

La melancolía con sus expresiones casi mágicas, con sus figuras casi divinas y atemporales: Francesca, ese ángel femenino surgido de la imaginación -como Cassiel y como todos los demás- que abraza y que llora por el perdido y el desamparado, por el que muere y por el que está solo. Y, ¿acaso no lo estamos todos? ¿En verdad esta soledad es nuestra, solo nuestra? ¿Son los brazos femeninos nuestro mejor refugio? Francesca abraza, acompaña y llora: responde a su naturaleza angelical (y ¿femenina?), a los deseos de la imaginación enraizados en la herencia cultural de occidente. Los ángeles, por más absurdo que parezca, son un indicio de nuestra soledad en el tiempo, un discurso que ha acompañado nuestra añoranza desde hace siglos. (Tan lejos y tan cerca. Wim Wenders, 1993).

El cine como pretexto para hablar de la melancolía. La melancolía como (pre)texto del cine y de la comprensión del tiempo. Un sentimiento provocador cuando se asume y se abraza, cuando se explora y se traduce en la creación de textos, en la construcción de imágenes y en la búsqueda de entendimiento.

Cassiel: Why can’t I be good? Why can’t I act like a man? Why can’t I act like other men can?


Lou Reed: If I knew, I would tell you. Hang in there.




Altanoche. Música, literatura, cine, núm. 24. Hermosillo, Sonora. Marzo de 2007.

25 de febrero de 2007

Escribo por puro gozo, por amor propio diría yo y porque me gusta lo que descubro a través de las letras. También porque hay mucho ruido y mi voz se diluye entre la gente.

Usualmente desaparezco: me transformo en un par de ojos prendidos del aire que recorren las calles. Pasan los días y continúo siendo invisible. Mi gusto por observar es enfermizo y morboso. Hasta podría decir que me produce placer -como arrancarse las costras.

Las hordas y la fauna en las ciudades se devoran a sí mismas y tan tranquilos. Van desapareciendo mundos con las horas y ni una nota en la televisión. He experimentado el cambio de ciudad entre otras cosas y nada. No desaparece mi mal, ni existen otras circunstancias.

Escribo de noche porque sólo a estas horas alcanzo a distinguir mis susurros tratando de fugarse a través de mis dedos. ¡Ja! También soy perversa: los prendo de estas páginas.