11 de septiembre de 2007

Te encontré de rodillas en el jardín, pero estabas en la casa vieja, aquella donde nos cuidabas junto al río: mirabas el cielo preocupada. Sin pensarlo me lancé sobre tu cuerpo, me llené de tu aroma de flores y tierra fresca: me hundí en tus brazos de refugio como siempre. Tus canas liberadas de sus trenzas, tu vestido de seda gris con sus líneas de plata y el nudo de tus medias amarrado justo detrás de las rodillas me hicieron feliz.




¿Por qué no regresas?, te pregunté. Te extrañamos mucho: ¡vuelve! Ahora duermo en tu cuarto y lo he arreglado tan bonito. No te apures, sobre la pared quedaron la Dolorosa, el Sagrado Corazón, La Trinidad de tu pueblo y el crucifijo que era de tu madre. Te fui contando las cosas que han sucedido y te me quedaste viendo sin pronunciar palabra.



El tiempo comenzó a desdoblarse en mi cabeza: ¿cómo podría vivir en tu cuarto si estuvieras aquí? Me prendí de tus ojos y me abrazaste fuerte en ese instante, muy fuerte, y sentí el calor de tu cuerpo junto al mío, tus labios chiquitos y arrugados en mi mejilla. Al fondo, comencé a escuchar el sonido que hacen las hojas secas que han caído del guayabo, al estrellarse unas con otras cuando las arrastra un remolino, y giran lentamente en el patio, hasta convertirse en polvo, igual que tú.