11 de enero de 2008

Todo empezó con un dolor en el oído. Me tomé un tylenol y sentí clarito que se quedó pegado en mi garganta. Pregunté si era posible que se hubiera atorado a un lado de mi campanita. La doctora me dijo que no, que sólo era una sensación y mi desagrado por cualquier tipo de pastilla -porque no sé tragarme las pastillas, siempre las mastico, pero las cápsulas sí me las paso-.
Después de dos días de amoxicilina con ácido clavulánico y naproxeno sódico con paracetamol, el dolor se había extendido a la mitad de los dientes, la lengua y el cuello. No podía abrir muy bien la boca y pasar saliva se convirtió en un tormento. La sensación de la pastilla atorada se convirtió en la de una pequeña mandarina atascada en mi garganta.

Otra vez al doctor. Más dolor, mi cuello era una torta de queso. Sí, aja, sí, aquí están, en el lugar preciso: son paperas. Súmale nimesulida y acetaminophen, no más de dos de las últimas cada seis horas. Que le rayen unas papas en el cuello y le rebanen unos tomates en los pies. ¿De veras? Ah! que Miriam, claro que no. Son remedios de antes, ¿qué no es usted historiadora? Mmmmmm, gracias doc.

La noche fue larga, muy larga. ¡Para acabarla…!, eso fue lo que estuve pensando. No estoy para calvarios, me dije, y que me atasco de tylenoles. Me estuve ahogando con mi saliva por varias horas hasta que me hizo efecto el calmante. Para no aplastarme los cachetes dormí sentada en la cama, sostuve mi espalda y mi cabeza con un montón de almohadas. No pensé más nada, puse unas películas y me desconecté del mundo y de mis dolores. A las cinco de la mañana me sumí en un profundo sueño, a las diez mis tías me trajeron avena y un coctelito de narcóticos. A las 10:30, mi amá entró con una taza de ponche.

Estaré en mi cuarto por varios días, todavía falta que “evolucione” el lado derecho.