7 de febrero de 2010

Un texto sobre princesas

Me caen gordas las niñas lindas desde que estaba en la primaria. ¿De qué se ríen tanto? ¿Por qué van por ahí riéndose como mensas con todo mundo? Muy amables, tan felices. Observadora como he sido desde que era una niña, sabía que su papá también era un borracho que dejaba en ridículo a la familia en las grandes reuniones y que a su mamá, una de esas mamás guapas y maquilladas, le ponían una madriza bajo cualquier motivo.

Recuerdo a esas señoras que estaban todo el tiempo al final del día para preguntarle a la maestra cómo se había portado su princesa, su baby, la niña de sus ojos, su muñequita, y las profesoras les decían que bien. Yo me quedaba inmóvil consciente de su maldad, de sus envidias y era testigo del gozo que les producía ridiculizar a los gorditas en la clase de educación física o presumir sus cajitas llenas de lápices y colores de la Hello Kitty a las niñas pobres. “Mira, te apuesto que nunca habías visto una así”. De manera particular trataban mal a la niña nueva y se burlaban de sus trenzas amarradas con cintas de tenis.

Julia no tenía calcetas, llevaba puestas unas cholitas a la escuela, esos zapatos de tela negra con suela de hule color café. Durante un recreo una de las princesas le aventó tierra a los ojos sólo porque le había preguntado a qué jugaba. Ella empezó a llorar y no podía quitarse la tierra de la boca, de los ojos, del cabello, entonces una princesa rubia la arrastró de las trenzas: Por “india”, le gritaba. “Por india”. Todas se reían y se hizo un bolón de niños en el patio.

Yo corrí a avisarle al profe Paco y a las profesoras que se pintaban las uñas en la dirección a la hora del recreo. El único en salir fue mi profe. Corrimos juntos hasta el patio, donde estaba la niña tirada con la güera todavía encima. El levantó a Julia y la cargó hasta el baño. “Ya no llores”, le decía mientras le lavaba la cara.

Desconfío de la gente que se ríe a gritos, de las que se esfuerzan por verse guapas, de las demasiado amables. Sé que en el fondo son unas hijas de puta, imperfectas, y que el tiempo también las arruga.

Yo nunca fui princesa, era comandante de una nave espacial o capitana de un barco pirata. Construía casas, carros que volaban, máquinas de teletransportación y hacía experimentos con bicarbonato y ajax. También probé todas las plantas que mi abuela tenía en el jardín. Un verano me comí una hoja de corazón que crecía como enredadera sobre la barda. Picaba y se me quedó atorada en la garganta. Beatriz me lavó la boca con jabón Zote, del blanco, y después me dio una cucharada de kaopectate. Era una niña salvaje y chamagosa, vaga. A las ocho de la noche salía mi abuela a la calle y me llamaba a gritos, esperaba que apareciera de pronto y le contara alguna de mis historias para llegar tarde a la casa. Tenía el cabello lacio y no estas greñas, entonces tampoco me peinaba.

Siempre tenía las uñas sucias porque hacía pasteles de lodo, que obligaba a mi tíos a probar. Batía la tierra con agua de la llave y hacía una masa que aplanaba con un palo, la estiraba y cortaba las bolitas de pan de tierra con un tapón de leche Jersey. Acomodaba los pastelitos en una tabla y los decoraba con flores de malva, un pétalo en cada bolita de lodo. Recuerdo su sabor y el de los pétalos de rosa de castilla que les ponía algunas veces. Yo vivía en un cuento, en un patio donde crecían árboles de membrillo y guayaba: en un lugar de mujeres invisibles.



Publicado en la revista electrónica Espiral, 26 (2010).