20 de enero de 2015

Ver

Hace mucho, mucho tiempo, la ruta saludable al alcance fue estudiar. Ese camino dio lugar a complejas preguntas y a la elaboración de laberintos que se han ido resolviendo. Luego vino una necesidad infinita de materialidad y reconocimiento del cuerpo, pero entonces el lenguaje como camino en sí mismo también se abrió. Esa aproximación a los signos, a los símbolos y a sus interpretaciones concatenaron pronto con el tiempo y el lugar, de nuevo con la dimensión política de la palabra y la acción. Era un universo infinito, sin duda, de relaciones posibles e ilusorias, pero ciertas temporalmente.
He intentado abandonar el cartesianismo, he intentado distanciarme del canon. Pensar por mi cuenta. He descubierto otras voces que parecían hablar solas. Empiezo a considerar que entre los resultados de mis decisiones se encuentra el aislamiento y una inercia "improductiva". Arendt aborda en La condición humana los problemas de labor, acción y trabajo, sin embargo el que me significó más fue el de la contemplación, como una acción de profundo sentido político en la formación de las prácticas ciudadanas y de la idea de democracia. La reflexión sobre las ideas expuestas en su texto me han permitido comprender el asunto de la "improductividad" de mis esfuerzos delante de un sistema calificador del trabajo y de la producción, pero también sobre la vitalidad implicada en la capacidad de comunicarse que tiene o puede tener un individuo para "existir" en el campo de trabajo.
De nuevo, decidir participar o no en la vida pública desde un campo profesional implica reconocer y acceder a las reglas del juego. Aceptarlo y llevarlo a la acción desde una actitud crítica enfrenta con el sistema de control y vigilancia, moldea la autocensura. La incapacidad de negociar en esa arena política margina, invalida, anula. Participar silenciosamente es una contradicción macabra de autoinmolación. ¿Debo aprender a citar a Bordieu, a Foucault, a Bauman? ¿A Lagarde para abonar a la distinción entre las oportunidades de unas y unos? ¿Ajustarme para participar en el juego?
Recupero las palabras de Lorena Mancilla (conversación telefónica, 18 de enero de 2015) entorno a la practicidad y la economía de las pasiones frente al sistema y a la instrumentalización de los planes proyectados en un cuadro esquizofrénico de objetivos a corto mediano y largo plazo. Intento hacerlo con alegría. En crudo, adentro, hay una profunda resistencia a la normalización.
Integro que vivir en esta frontera ha establecido una experiencia cotidiana de ir hacia algún otro lugar en algún momento que parece no llegar, que vivir aquí y nutrirme de una de las ficciones más poderosas de este espacio que es el mañana, me ha mantenido haciendo proyectos que rediseño, cubro con una lona y amplío irregularmente. (Reiteración, multiplicación de la incertidumbre, deseo perpetuo de mañana, cruzar la frontera, cruzar la frontera, cruzar la frontera, recorrer el muro mil veces hasta comprenderlo paisaje natural como obsesión silenciosa e involuntaria).

Es un buen momento para retomar las prácticas saludables, me mueven la necesidad y el descubrimiento de un campo de referencias posibles para estas nuevas circunstancias. Observar, escuchar, sentir, documentar, reflexionar, discernir, negociar. Sobrevivir por instinto. Estrategia: saltar el muro.