10 septiembre 2007
27 julio 2007
terapeuta: ¿cómo te sientes?
pacienta: bien.
t: dices que bien, pero no has dejado de llorar. ¿por qué te ríes?.
p: jajaja. no sé. bueno, sí. ja, algo no está bien.
t: estás disasociada. llora.
p: no puedo. no tengo tiempo para eso.
t: compra una cartulina y un plumón de tu color favorito. escribe: prohibido interrumpir mujer llorando y la cuelgas afuera de algún cuarto. ahí te encierras. llora. cuando termines deberás ver hacia adelante. si volteas te pasará lo que a la mujer de Lot: te volverás de sal.
pacienta: bien.
t: dices que bien, pero no has dejado de llorar. ¿por qué te ríes?.
p: jajaja. no sé. bueno, sí. ja, algo no está bien.
t: estás disasociada. llora.
p: no puedo. no tengo tiempo para eso.
t: compra una cartulina y un plumón de tu color favorito. escribe: prohibido interrumpir mujer llorando y la cuelgas afuera de algún cuarto. ahí te encierras. llora. cuando termines deberás ver hacia adelante. si volteas te pasará lo que a la mujer de Lot: te volverás de sal.
05 julio 2007
El camarógrafo
Este día se levantó temprano y volteó a ver los senos descubiertos de la mujer que dormía en su cama. Perseguido por el delirio de la noche salió de la regadera y luego se tomó un café. “Ahí nos vemos”, le dijo y se fue en su carro dispuesto a enfrentar el tráfico. En los semáforos recordaba la imagen de aquellos excitantes pechos blancos coronados por el color rosa.
“Fotos por encargo”, con letras blancas. “Ordene aquí sus fotos por encargo”, en lona amarilla. “Gran promoción de fotos por encargo”, en espectacular de lucecitas prende-apaga. En la calle todos los anuncios dicen lo mismo. El fotógrafo sin talento para decir lo que piensa, sin valor para expresar lo que trae adentro, se siente vigilado por la misma foto: aquella de un personaje sin brillo propio.
En su escritorio, en la mesa de la fondita, haciendo fila para pagar la luz, en el mercado o en la gosolinería, le es imposible dejar de grabar imágenes en su cabeza: de los niños corriendo, del eterno vendedor de relojes, de la mujer masculina, del señor cansado, del vagabundo con su maletincito y aquella de la señora que cocina para otros. No puede evitar observar las risas, las arrugas, las manos callosas, la basura, los edificios viejos, la luz filtrándose bajo cualquier pretexto, las minifaldas y las pestañas. Pero siempre toma esa foto encomendada.
Hace algún tiempo que decidió casarse con su resignación porque ni siquiera se consideraba un fotógrafo, sino un simple un tirador de disparos con una cámara. Sin embargo, en él viven inexplorados tantos talentos como miedos: miedo a recordar, miedo a llorar y quizá miedo a cambiar de rumbo. Tranquilo baila frente al volante, truena los dedos y le sonríe a la morrita que lo observa en el auto de al lado. Canta. Va silbando la melodía del momento. Llega a su destino donde lo espera la representación de un personaje eterno. Clic. Clic. Clic. Flash. “No se muevan por favor. A ver… ahora tómense de las manos”. Clic. “Sonrían para la cámara… ¡Eso es! Una más y…” Clic. “¡Listo!”
Al final del día regresa a su casa, después de las siete y media como siempre. Prende la televisión, bebe algunas cervezas y deja escapar un par de carcajadas, luego como a las once da un salto mortal en la cama y sin querer golpea a su mujer (en la cara, en los pechos y en las costillas). Esta noche se acuesta cansado y pensativo (con la mano de disparar vendada). Voltea su cuerpo hacia la pared e intenta llorar sin conseguirlo, entonces cambia de rollo y en un acertado ¡Clic! se duerme.
“Fotos por encargo”, con letras blancas. “Ordene aquí sus fotos por encargo”, en lona amarilla. “Gran promoción de fotos por encargo”, en espectacular de lucecitas prende-apaga. En la calle todos los anuncios dicen lo mismo. El fotógrafo sin talento para decir lo que piensa, sin valor para expresar lo que trae adentro, se siente vigilado por la misma foto: aquella de un personaje sin brillo propio.
En su escritorio, en la mesa de la fondita, haciendo fila para pagar la luz, en el mercado o en la gosolinería, le es imposible dejar de grabar imágenes en su cabeza: de los niños corriendo, del eterno vendedor de relojes, de la mujer masculina, del señor cansado, del vagabundo con su maletincito y aquella de la señora que cocina para otros. No puede evitar observar las risas, las arrugas, las manos callosas, la basura, los edificios viejos, la luz filtrándose bajo cualquier pretexto, las minifaldas y las pestañas. Pero siempre toma esa foto encomendada.
Hace algún tiempo que decidió casarse con su resignación porque ni siquiera se consideraba un fotógrafo, sino un simple un tirador de disparos con una cámara. Sin embargo, en él viven inexplorados tantos talentos como miedos: miedo a recordar, miedo a llorar y quizá miedo a cambiar de rumbo. Tranquilo baila frente al volante, truena los dedos y le sonríe a la morrita que lo observa en el auto de al lado. Canta. Va silbando la melodía del momento. Llega a su destino donde lo espera la representación de un personaje eterno. Clic. Clic. Clic. Flash. “No se muevan por favor. A ver… ahora tómense de las manos”. Clic. “Sonrían para la cámara… ¡Eso es! Una más y…” Clic. “¡Listo!”
Al final del día regresa a su casa, después de las siete y media como siempre. Prende la televisión, bebe algunas cervezas y deja escapar un par de carcajadas, luego como a las once da un salto mortal en la cama y sin querer golpea a su mujer (en la cara, en los pechos y en las costillas). Esta noche se acuesta cansado y pensativo (con la mano de disparar vendada). Voltea su cuerpo hacia la pared e intenta llorar sin conseguirlo, entonces cambia de rollo y en un acertado ¡Clic! se duerme.
Altanoche. Música, literatura, cine, núm. 27. Hermosillo, Sonora. Junio de 2007.
25 junio 2007
Vestiditos blancos
El fin de semana me dio por hacer
limpieza y me dije, voy a tirar las cosas viejas que he ido guardando desde no
sé cuando en esta caja. Entre el “chismógrafo” de la secundaria y un recorte de
la falda de mi uniforme encontré una tarjeta de San Valentín que me regaló un
noviecillo en tercer año (el primero que con una de sus manos me tocó la
cintura y luego puso la punta del meñique justo donde inicia la rayita de las
nalgas).
También
estaba ahí la bolsita donde tengo guardado mi vestidito de bautizo y el libro
de mi primera comunión. Me acordé de los días del catecismo y del entusiasmo
que despertaba en mí el pasar por el centro de la iglesia con mi velito y mi
vestido blanco con crinolina. Por fin me vería como una princesa: ataviada con
guantes de seda y zapatos nuevos de charol, estrenando calcetas “Periquita” con
tejido de corazones y, por supuesto, la vela y mi librito de oraciones en la
mano con su rosario en medio. Recuerdo que esa mañana me corté el copete y salí
bien trasquilada en las fotos. Estaba muy asustada cuando entré a confesarme
por primera vez, me acusé de ser muy contestona y de salirme sin permiso a
jugar con mis amigas a sus casas. ¿De qué podía ser culpable a los diez años?,
me pregunto hoy.
“No desearás a la mujer de tu prójimo”, esa
fue la lección más complicada, la más perturbadora. ¿Qué quería decir este
mandamiento? ¿Qué maldad oculta entre las piernas hacía que los hombres
ofendieran a dios con el pensamiento? Creo que fueron mis primeras sensaciones
eróticas, desde luego llenas de vergüenza y culpabilidad. De eso, claro que no
hablé con el confesor. Fue la única instrucción sobre sexualidad que
abiertamente recibí de mi familia. Pasaron muchos años para que perdiera el
miedo a caer en el infierno. Un día en la prepa dije, no más y creí haberlos
mandado al carajo. Pero no, la verdad es que sigo siendo una miedosa.
Un
día fui al altar y me vestí nuevamente de blanco. Ahí me enteré de que el ramo
de novia simbolizaba la fertilidad porque me lo dijo el sacerdote en voz
quedita cuando se acercó a bendecirlo para que tuviera muchos hijos. Al cabo de
los años comencé a preguntarme: si en la iglesia todo está regido por la
masculinidad y aquel mandamiento reza “no desearás a la mujer de tu prójimo”, ¿entonces
podrá una desear al hombre de la prójima o a su mujer? ¿o será simplemente que
una no debe desear nada?. Eso del derecho canónico y la teología no se me dan.
Finalmente
pienso que sólo se trata de un artículo para restringir la convivencia entre los
sexos, sabrá dios si por aquello de la multiplicación bíblica, o para que no
vaya una por la vida con el condón en la bolsa lista para explorar. Sobre todo
eso, que aquellas letanías han ensuciado el cuerpo y cada uno de sus botones,
que corrompieron cualquier posibilidad de placer bien habido y libre de cargos
desde el principio. Ahora comprendo la razón de los rincones oscuros y el
corazón agitado, la mirada gacha por varias semanas después del primer beso. La
perversión pura y su mugre. ¿Y el placer? ¿El placer? Pues no, nada de placer:
temor puro en un principio. Luego ya, como que una aprende a retozar.
Pero
no, la verdad cero. En cuanto al sexo, no fueron enseñanzas sabias las que
aprendí en mi casa. Recuerdo que cuando los protagonistas se besaban en la
televisión se hacía un incómodo y caluroso silencio en la salita. No faltaba el
gurú que le cambiara al canal ante la desvergüenza: ¡Esa ya estuvo! ¡Pobre
mujer! ¡Qué pendeja! (¡Viva la castidad!) Yo imaginaba que el sexo era algo así
como en las películas de Pedro Infante: que luego de un beso aparecía una vela
encendida y en un segundo aparecía otra derretida sin luz, que luego todos eran
ya muy felices. Si alguna vez pregunté, me habrán dicho que lo descubriría el
día de mi boda. Ni idea, hasta que lo probé.
Así
que de enfermedades venéreas y de embarazos nada. ¿Para qué? ¿Información sobre
el SIDA? Pues no, la gente decente no se contagia, es suficiente un documental
sobre el aborto para desanimarla. De cómo hacerle para sentir rico… menos. Y así…
puras de esas. No hubo socialización del placer femenino. ¿Será por que se
trata de un fenómeno social reciente?, ¿de una veta casi virgen para las
mujeres de este país?, ¿o de veras será que no existe y que es puro cuento?,
porque no encontré estadísticas de los orgasmos femeninos por mes. Lo peor de
todo es que a estas alturas mi madre se ruboriza y se esconde entre las bolsas
de jabón y la lavadora para evitar el tema. ¡Vaya!, le digo yo. ¡Cuánta ropa
sucia! Mis historias me las he ido quedando y están casi todas, junto con el
vestidito blanco, en mi caja de objetos memorables. ¡Saltan como locas cada vez
que me asomo!
Publicado en la revista andante26, núm. 05 (2007)
01 mayo 2007
Víctima de la noche
Corre por las banquetas. Se escucha el sonido de sus pezuñas estrellándose contra el cemento. Respira. Su vaho empaña la ventana de un carro estacionado. Respira. Sus dientes brillan iluminados por la luna. Corre. Estira sus cuatro extremidades. Avanza. Respira. Su pecho crece cada vez que el aire llega a sus pulmones. Su pelo brilla iluminado por la luna. Es negro, es gris, es casi blanco. Un cazador antiguo en busca cada noche de alimento.
Desea. Anhela sentir la suavidad de esa piel que recorre con la lengua. Disfrutar el sabor de esa carne en su boca. Desea porque la nada no satisface su deseo. Desaparece cada mañana incapaz de comprender aquel aroma grabado en su nariz. La noche. Sólo la noche le permite recordar.
Respira. Escucha el sonido de sus pezuñas que se estrellan contra el asfalto. El aroma en su nariz conduce su ruta por las calles. Respira. Su vaho empaña una ventana. Sus ojos de sangre negra adivinan al animal herido. Reconocen la más bella de las presas. La observa. La acecha. Anhela. Su lengua. Crece. Envuelve su cuerpo. Desea que olvide. Que se entregue desnuda. Que se entregue. Sus dientes le abren la espalda, se clavan en su nuca. Se excita. Crece. Desea sorberle hasta la última gota de humedad, cualquier manifestación de dolor, toda intención de huir. Escucha su propio gemido, un breve sollozo placentero. No dicen nada. Se entrega. Saborea la culpa que observa en sus ojos, esa expresión sólo humana que él no puede sentir. Gozan mientras muere. Se excita. Respira. Crece.
Respira. Su pecho se extiende cada vez que el aire entra en sus pulmones. Su pelo brilla iluminado por la luz de la luna. Hambriento. Vacío hasta la muerte.
Altanoche. Música, literatura, cine, núm. 25. Hermosillo, Sonora. Mayo de 2007.
Desea. Anhela sentir la suavidad de esa piel que recorre con la lengua. Disfrutar el sabor de esa carne en su boca. Desea porque la nada no satisface su deseo. Desaparece cada mañana incapaz de comprender aquel aroma grabado en su nariz. La noche. Sólo la noche le permite recordar.
Respira. Escucha el sonido de sus pezuñas que se estrellan contra el asfalto. El aroma en su nariz conduce su ruta por las calles. Respira. Su vaho empaña una ventana. Sus ojos de sangre negra adivinan al animal herido. Reconocen la más bella de las presas. La observa. La acecha. Anhela. Su lengua. Crece. Envuelve su cuerpo. Desea que olvide. Que se entregue desnuda. Que se entregue. Sus dientes le abren la espalda, se clavan en su nuca. Se excita. Crece. Desea sorberle hasta la última gota de humedad, cualquier manifestación de dolor, toda intención de huir. Escucha su propio gemido, un breve sollozo placentero. No dicen nada. Se entrega. Saborea la culpa que observa en sus ojos, esa expresión sólo humana que él no puede sentir. Gozan mientras muere. Se excita. Respira. Crece.
Respira. Su pecho se extiende cada vez que el aire entra en sus pulmones. Su pelo brilla iluminado por la luz de la luna. Hambriento. Vacío hasta la muerte.
Altanoche. Música, literatura, cine, núm. 25. Hermosillo, Sonora. Mayo de 2007.
10 marzo 2007
melancholie/melancholy/melancolía
Jane sostiene una bocina entre sus manos. Sentada sobre el piso de lo que pretende ser una cafetería, escucha la historia de su propia vida en las palabras de Travis. Escurren un par de lágrimas por sus mejillas. Detrás de un espejo, Travis sujeta el teléfono y le da la espalda. Las palabras fluyen después de cuatro años de amnesia. Nunca un abrazo, pero el lenguaje hace posible un momento de comprensión y de reposo. Road movie, personajes buscándose a sí mismos. Paris, Texas (Wim Wenders, 1984).
Melancolía: una forma de vida que atraviesa a miles de personas; un estado que conduce sus pasos por el mundo; un tema recurrente e inagotable expresado en el arte, así sea en el cine, en la literatura o en la música. Y, ¿cuántas veces ha guiado también las preguntas de los historiadores? ¿Cuántas veces ha sido la esencia de sus indagaciones sobre el ser humano? Tiempos mejores, épocas que en la memoria se graban como idílicas o como una imagen bizarra que a veces parece explicar (de momento) los episodios de los días en que perdimos el rumbo. Una respuesta que en el presente conforta, pero que con los meses muestra su desgaste y se fuga. Nuevas preguntas. De vuelta a las evidencias en busca de sentido.
Un día descubrimos que no había destino, que el destino era también una imagen para tranquilizar (y justificar) conciencias. El futuro se transformó en una imagen construida desde este día, en anhelo, en sueño y probablemente en pesadilla. El pasado es la sensación de que estuvimos, una certeza cuando descubrimos las cicatrices que va dejando en la piel. La melancolía se fortalece ante una realidad caótica que de vez en cuando permite que se asomen preguntas fundamentales: ¿quiénes somos?, ¿por qué estamos aquí? y, ahora, ¿por qué es tan difícil comunicarnos?
La melancolía con sus expresiones casi mágicas, con sus figuras casi divinas y atemporales: Francesca, ese ángel femenino surgido de la imaginación -como Cassiel y como todos los demás- que abraza y que llora por el perdido y el desamparado, por el que muere y por el que está solo. Y, ¿acaso no lo estamos todos? ¿En verdad esta soledad es nuestra, solo nuestra? ¿Son los brazos femeninos nuestro mejor refugio? Francesca abraza, acompaña y llora: responde a su naturaleza angelical (y ¿femenina?), a los deseos de la imaginación enraizados en la herencia cultural de occidente. Los ángeles, por más absurdo que parezca, son un indicio de nuestra soledad en el tiempo, un discurso que ha acompañado nuestra añoranza desde hace siglos. (Tan lejos y tan cerca. Wim Wenders, 1993).
El cine como pretexto para hablar de la melancolía. La melancolía como (pre)texto del cine y de la comprensión del tiempo. Un sentimiento provocador cuando se asume y se abraza, cuando se explora y se traduce en la creación de textos, en la construcción de imágenes y en la búsqueda de entendimiento.
Cassiel: Why can’t I be good? Why can’t I act like a man? Why can’t I act like other men can?
Lou Reed: If I knew, I would tell you. Hang in there.
Altanoche. Música, literatura, cine, núm. 24. Hermosillo, Sonora. Marzo de 2007.
Melancolía: una forma de vida que atraviesa a miles de personas; un estado que conduce sus pasos por el mundo; un tema recurrente e inagotable expresado en el arte, así sea en el cine, en la literatura o en la música. Y, ¿cuántas veces ha guiado también las preguntas de los historiadores? ¿Cuántas veces ha sido la esencia de sus indagaciones sobre el ser humano? Tiempos mejores, épocas que en la memoria se graban como idílicas o como una imagen bizarra que a veces parece explicar (de momento) los episodios de los días en que perdimos el rumbo. Una respuesta que en el presente conforta, pero que con los meses muestra su desgaste y se fuga. Nuevas preguntas. De vuelta a las evidencias en busca de sentido.
Un día descubrimos que no había destino, que el destino era también una imagen para tranquilizar (y justificar) conciencias. El futuro se transformó en una imagen construida desde este día, en anhelo, en sueño y probablemente en pesadilla. El pasado es la sensación de que estuvimos, una certeza cuando descubrimos las cicatrices que va dejando en la piel. La melancolía se fortalece ante una realidad caótica que de vez en cuando permite que se asomen preguntas fundamentales: ¿quiénes somos?, ¿por qué estamos aquí? y, ahora, ¿por qué es tan difícil comunicarnos?
La melancolía con sus expresiones casi mágicas, con sus figuras casi divinas y atemporales: Francesca, ese ángel femenino surgido de la imaginación -como Cassiel y como todos los demás- que abraza y que llora por el perdido y el desamparado, por el que muere y por el que está solo. Y, ¿acaso no lo estamos todos? ¿En verdad esta soledad es nuestra, solo nuestra? ¿Son los brazos femeninos nuestro mejor refugio? Francesca abraza, acompaña y llora: responde a su naturaleza angelical (y ¿femenina?), a los deseos de la imaginación enraizados en la herencia cultural de occidente. Los ángeles, por más absurdo que parezca, son un indicio de nuestra soledad en el tiempo, un discurso que ha acompañado nuestra añoranza desde hace siglos. (Tan lejos y tan cerca. Wim Wenders, 1993).
El cine como pretexto para hablar de la melancolía. La melancolía como (pre)texto del cine y de la comprensión del tiempo. Un sentimiento provocador cuando se asume y se abraza, cuando se explora y se traduce en la creación de textos, en la construcción de imágenes y en la búsqueda de entendimiento.
Cassiel: Why can’t I be good? Why can’t I act like a man? Why can’t I act like other men can?
Lou Reed: If I knew, I would tell you. Hang in there.
Altanoche. Música, literatura, cine, núm. 24. Hermosillo, Sonora. Marzo de 2007.
25 febrero 2007
Escribo por puro gozo, por amor propio diría yo y porque me gusta lo que descubro a través de las letras. También porque hay mucho ruido y mi voz se diluye entre la gente.
Usualmente desaparezco: me transformo en un par de ojos prendidos del aire que recorren las calles. Pasan los días y continúo siendo invisible. Mi gusto por observar es enfermizo y morboso. Hasta podría decir que me produce placer -como arrancarse las costras.
Las hordas y la fauna en las ciudades se devoran a sí mismas y tan tranquilos. Van desapareciendo mundos con las horas y ni una nota en la televisión. He experimentado el cambio de ciudad entre otras cosas y nada. No desaparece mi mal, ni existen otras circunstancias.
Escribo de noche porque sólo a estas horas alcanzo a distinguir mis susurros tratando de fugarse a través de mis dedos. ¡Ja! También soy perversa: los prendo de estas páginas.
Usualmente desaparezco: me transformo en un par de ojos prendidos del aire que recorren las calles. Pasan los días y continúo siendo invisible. Mi gusto por observar es enfermizo y morboso. Hasta podría decir que me produce placer -como arrancarse las costras.
Las hordas y la fauna en las ciudades se devoran a sí mismas y tan tranquilos. Van desapareciendo mundos con las horas y ni una nota en la televisión. He experimentado el cambio de ciudad entre otras cosas y nada. No desaparece mi mal, ni existen otras circunstancias.
Escribo de noche porque sólo a estas horas alcanzo a distinguir mis susurros tratando de fugarse a través de mis dedos. ¡Ja! También soy perversa: los prendo de estas páginas.
24 noviembre 2006
..:: Cine, recepción y temporalidad ::..
Hace un par de días me senté de nuevo frente al televisor para ver, una vez más, una de mis películas favoritas Great Expectations (Alfonso Cuarón, 1998). Mientras corría el film traté de recordar el por qué me había gustado tanto esta película, por qué lloré frenéticamente la primera vez que la vi y por qué ahora lo que me atrapaba eran la mirada de Finn (Ethan Hawke), Ms. Dora Drigers Dinsmore (Anne Bancroft) aventando al gato, la iluminación y, sin duda, el sound track… Algo similar me ocurrió la semana pasada cuando vi otra de mis consagradas, Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003), pero esta vez me identifiqué con los silencios de Charlotte (Scarlett Johansson), más que con los problemas maritales de Bob Harris (Bill Murray). Suspendida en mi pregunta sobre qué había cambiado, descubrí una frase reveladora:
Every body wants to be found
Sí, esta idea encierra el nudo existencial de ambas películas. Pero, sin duda, algo ha cambiado en mi universo interior y paralelo que origina una recepción distinta a la primera, aquella de cuando tenía 23 años, aquella otra de cuando tenía 27. Grandes esperanzas ya no me pareció tan contundente, la etapa de los corazones rotos se ha ido quedando atrás: no sé si se debe a que ya no tengo corazón y ahora reside algo de frialdad en mi discurso sobre el amor, o si ya me he acostumbrado a la idea de profundas y exquisitas relaciones de pareja que un día se terminan para abrir paso a otras nuevas, sin historia, sin destino.
En medio de este nudo de sentimientos e ideas, que no logro separar, me iluminó la idea del tiempo y su influencia demoledora en la recepción cinematográfica. ¡Ah!, pensé, aquí hay un conecte fascinante: el tiempo histórico y la recepción cinematográfica. Así, como la memoria es atada al tiempo presente y al tiempo pasado simultáneamente, así como la lectura de un libro nos conduce cada vez a nuevas interpretaciones, así nuestra recepción del cine también se va transformando: porque no somos los mismos, porque vamos adquiriendo competencia para observar el cine y porque el tiempo nos alcanza, nos va colmando de experiencias que transforman las posibilidades de comprensión de una historia.
Creo que éste puede ser un buen tema para investigar y para escribir un buen artículo desde la mirada de la historiadora, porque como lo he planteado en clase y como lo he ido confirmando en la literatura, el cine es sin duda una representación social del mundo y esta no es sino histórica, es decir un producto cultural que es en el tiempo histórico: condición del presente, vinculado a una tradición y manifestación de las expectativas sociales. Así, sin profundizar aún en este problema, estuve pensando que estas dos películas plantean un problema cultural de mi generación que tiene que ver con la experiencia del amor, pero sin duda con la necesidad de saber quienes somos y a qué obedece nuestro desencanto. También lo pienso como un elemento de identidad que acompaña nuestra experiencia de vida en las ciudades, de nuestra vida universitaria, de nuestra condición clasemediera, de nuestro acceso a un discurso sobre las relaciones entre hombres y mujeres, a las coincidencias por el gusto de un cierto tipo de cine, de un ritmo, de un sistema de imágenes, quizá sí hasta con un asunto de la semántica.
Bueno, he cambiado. Mi propia experiencia del tiempo ha ido transformando mi mirada -quien me recuerde de entonces observará que mis ojos son más oscuros y que las palabras que salen de mi boca son un poco menos que ingenuas. Sin embargo, me sigue maravillando el cine –y sigo creyendo en la existencia de Cassiel y de Franccesca (Tan lejos y tan cerca. Wim Wenders, 1993).
04 noviembre 2006
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