19 de noviembre de 2008

Es la segunda vez que me voy a la universidad sin peinarme. Un día llegué, me vi en el espejo y descubrí que había olvidado pasarme un peine, ponerme aceitito o mousse. Salí corriendo recien bañada, tomé mi bolsa amarilla y me subí a mi carro. Hoy ocurrió algo similar.

Mis alumnos no dicen nada, pero piensan que su maestra actúa de manera extraña algunos días, sobre todo cuando llega con un pantalón de mezclilla y sus converse negros. Antes me preguntaban si estaba enferma al verme tan ojerosa, pues también he dejado de maquillarme. Ahora sólo me pinto los labios antes de bajarme del carro porque el tiempo no da para más. De todos modos dicen que soy La profe sexy y eso aliviana.

No recuerdo cuando fue la última vez que planché mi ropa. Procuro que no se arrugue al sacarla de la secadora. Llego a casa y la cuelgo. No tengo tiempo para estos detalles: aquí se vive muy rápido. Todos los días pasa algo. Además, estoy atendiendo nuevas prioridades y adaptándome a esta casa, a la coincidecia de varios proyectos de trabajo muy importantes para mí y finalmente a estar sola.

Nunca había estado sola. Empecé a andar de novia a los 16 años y desde entonces. Nunca sola del todo. Hace muy poco que ahora sí: solterita. Es una decisión que atenta contra mi naturaleza: tal vez mi naturaleza ha cambiado. Es muy extraño saber que nadie va a llamar, que nadie va a escribir, que no llegará nadie a tocar mi puerta. Esto es para mí desconocido. A ratos pienso que no puede ser tan malo, que tal vez aquí empieza algo.

Tengo problemas con mi cabello. Es demasiado grueso, no es chino y mucho menos lacio, las puntas se me secan a la menor provocación y cuando está largo pesa. Una vez hablaba sobre mi cabello con una amiga y me dijo: lo tienes grifo punto. Después otro compa más sincero me comentó: morra, que feo cabello tienes.

Hace años me había resignado a esta peculiaridad, pero después pensé que debía tener más cuidado y peinarme. Me acuerdo que un pinchi novio que tuve en la prepa no quiso salir conmigo una vez porque me esponjé el cabello deliberadamente. Ese peinado esta out, dijo y fue a comprarme unas liguitas. Estaba muy chamaca para comprender que lo debí mandar al diablo en ese momento.

Una navidad pedí de regalo una plancha para el cabello. A pocas semanas de empezar a usarla tuve que cortármelo porque ya me había quemado las puntas. En otra ocasión (muy reciente), tuve que hacerme un fleco porque me volví a quemar con la mentada planchita. Entonces me explicaron como funcionaba la cosa y que tenía que comprarme mis tratamientos y usar un producto especial para el planchado y secarme bien el cabello antes de.

Desde hace varios meses procuro hacerme una colita de caballo y ponerme unos brochecitos para que no se me paren los pelos. Recurro a la pinchi planchita sólo en ocasiones especiales. Disfruto mi cabellera esponjada cuando estoy en casa, la dejo secar libremente y parece que empieza a brillar un poco. Algunos días amanezco hasta con rizos y otros verdaderamente me vale madre y salgo a la calle con tremenda cabellera.

Dicen mis hermanas que no deje que la gente me vea así. Las méndigas hasta me han dicho que cualquier hombre sale corriendo de amanecer conmigo y verme convertida en esta mujer con pelos esponjados y grifos. No sé, los hombres corren por cualquier cosa.

Lo voy a dejar crecer. No recuerdo cuando fue la última vez que mi cabello tocó mis hombros, creo que nunca se escurrió por mi espalda. Quiero tejerme una trenza. Quiero que crezca libre, esponjado o chino y que se ponga lacio cuando los vientos de Santana.