7 de julio de 2009

Esta vez lo hice sin detenerme. Así nomás, sin freno. Las palabras se me escurrían y comenzó a fluir. Espeso, transparente. Tenía planeado que cuando volviera, sí volvía, lo recibiría sin miedo. Darle sin preocuparme el hambre, el sueño o el trabajo. Que fluya, que se derrame a mi ritmo de subebaja, a mi tono pausadito y contundente.

Y a ratos sí, se acelera y parece que no respira, se pierde. Yo me quedo
con su rastro frente a esta sábana blanca
iluminada.

Llega siempre a media noche cuando estoy sola. Lo recibo ojerosa, envuelta en una nube de humo y con una taza de café sobre la mesa. Había dejado de esperarlo pero tocó la puerta hace tres días. Le di entrada (también como siempre) sin hacer preguntas. Bienvenido, esta es mi noche. Tómala, te la obsequio sin conmemoraciones agendadas ni pastel de cumpleaños. Aparece como si yo estuviera aquí, esperando. Se da, sin consecuencia en mente y descansa y reposo momentáneo. Huele a fiestas agotadas, a cansancio, a chocolate y mi piel a vainilla. Pausa. Sonrisa en fuga para sus ojos. Sonrisa en fuga para los míos. Complicidad en la yema de los dedos.

¿Por qué vuelves?
¿Por qué vuelves?

Quédate una noche entera
a ver cuántas páginas le arranco a esta boca.