20 de septiembre de 2010

Me enfermé del oído y estoy sumamente cansada. Por aquí nada de puente, dolor de oído, medicinas y trabajo.

Estuve en un taller sobre arte contemporáneo esta semana. Fue tanto lo que aprendí: estoy segura que desconozco casi todo. Pensé muchas cosas, puse atención y llegué a tiempo. Era parte de mi trabajo, tenía de algún modo que estar ahí. No voy a platicar sobre el taller, sólo diré eso, que pensé mucho y me dolió el oído: Uno, porque no soporto el aire acondicionado y me jode las anginas. Dos, porque mi cerebro corría tan aprisa atando imágenes y lecturas y rostros y experiencias y conversaciones y estudios y exhibiciones y proyectos, muchos proyectos de conocidos y míos, hechos y sin hacer, y políticas culturales fatales. Y yo, tan historiadora del fin del mundo y del tiempo simultáneo.

Escuché el crack durante el segundo día del curso, fue justo en la primer hora, que era la quinta. El crack fisura en mi oído derecho y el hilo de dolor desde ahí hasta la garganta. Mi cabeza era un huevo demasiado cocido y pensé que ya no me cabía más nada. Ayer, que no aguantaba el dolor y estuve metida en mi cama, me di cuenta que en realidad yo estaba en expansión, que las ideas me daban vuelta por un lugar nuevo, que se me había desarrollado una cavidad para anidar las palabras y las cosas que recorren mi cuerpo.

Tengo un hilo conductor, tal vez muchos, pero el que ahora entiendo es el que va del oído hacia la garganta, donde van la cuerdas vocales, y desciende hasta el corazón.


-Esta semana escuché un par de voces que trajeron buenas noticias, María de Hermosillo y Minerva de Monterrey. Para ser historiadora hay que leer y volver al Colegio. Para escribir poesía hay que leer, sobre todo leer. Para escribir hay que leer y también investigar. "Hay que darle ". Ya estoy aquí.-


[Experimento cierta soledad, una que es real y otra que procuro, distinta al abandono o a las heridas de la lengua. Es un viaje a caballo por el Gran Cañón durante el mes de octubre a las diez de la mañana. Creo que empiezo a sentirme libre. Pienso que es la libertad de la que me habló Shin.

Siempre vuelvo al desierto,

a lo inconcluso, a la luz de las tres de la tarde, al viento de las seis de la mañana en el invierno y al olor del café. Siento mis pasos descalzos sobre la lozeta de una habitación que aún existe y ahí estoy yo, la otra, ésta que se asoma y me llama. (Transito en espiral

al desierto, a lo infinito. En esa ciudad sucedieron en forma simultánea dos historias que son una. La de dos hombres y una mujer, o la de una mujer. La historia es de la mujer y el día que apareció en el mar. Es una historia que da muchas vueltas, se repite. La mujer termina siempre bajo el mar. Ve a través del agua y ve una boca. El la ha visto, ella sabe que ha sido descubierta. Ella ve unos ojos que piensan en el tiempo y en la bahía, unos labios que anuncian un barco desvelado y un ancla, muchos años y un hombre cubierto por su barba sentado en una silla. Una casa que será vieja y un perro, y un anciano malhumorado y silencioso. Una mujer anciana, que vuelve y aprende a cocinar pescado. Han pasado tres años, casi cuatro. La cita fue puesta para diez.

La segunda histora es más fácil, ella mata).

-Cuántas chingaderas anidadas-].