2 de septiembre de 2010

He tratato de escribir por las mañanas. Y sí, a veces. Hoy que apesar del cansancio no puedo dormir, recibo mi insomnio como al mejor de mis amantes. Estoy a estas horas totalmente seducida. En un fluir caudaloso donde otra que también soy, que escribe.

Pienso en el sol de las dos de la tarde, en los pasos hacia el restaurante nuevo y en el cabello largo, delgadísimo, de un hombre que se niega a verme. Pienso en el tiempo, en eso llamado sombra y escribo sobre Koselleck.

A mis treinta y cinco empiezo a comprender. Después de esos cabellos sueltos reconozco mi ceguera, mi invisibilidad presente en tantos textos que hablan de otras mujeres invisibles, de la infancia.

Entre mis obsesiones se cuenta la búsqueda de respuestas, descanso hasta dar con ellas. Algunas sólo me conducen a más y muy complejas preguntas, a descubrimientos monstruosos.

La cualidad de no ser vista anidó aquí dentro, creció como crecieron mis extremidades y mi torso, junto con mis senos. Una patología que asumo da señales de su existencia con el tiempo o se revela o se vuelve de pronto inteligible.

He sido invisible, irreconocible: otra, muy otra que ya no soy. Lo he descubierto en forma progresiva mientras escucho palabras que llegan a mí como piezas de un rompecabezas enviadas por correo adentro de un sobre, una pieza en un sobre por día.

Ya no soy ni siquiera esa que volvió hace tres años. Tampoco la que se deshizo del cabello cuando la del espejo era una que guardaba silencio y su silencio en ocasiones parecía mentira o ardía en el pecho como el humo de una cajetilla de cigarros fumada en una tarde.

Lo del cabello fue cosa sólo mía, buscaba en verdad no ser vista, indagar en mi masculinidad, en los límites de mi fuerza. Protegerme, ser capaz de sostenerme en pie con mi armadura.

Pensé que podría matar, en cambio descubrí el filo de la lengua, la herida, la sangre: La fractura que no soldará por completo.

He dejado de beber. Respiro, corro. ¡Sí, también vuelo! Noches atrás terminé por aceptar mi hechicería, mi gabrielidad. Poseo algo divino entre los labios, que sucede y origina cuando los abro.

Siento electricidad en la palma de las manos. Sé que tengo unos hilos que salen y vibran desde mi ombligo cuando hablo, que soy ancha, de pies grandes y no puedo prescindir del desodorane un solo dia. No soy multitask, me equivoco y olvido cosas, llego tarde. Hay otras, muchas cosas, que me salen bien, mejor que a nadie.



---El tren de la Libertad se escucha aún a las cuatro con cuarenta y cinco de la mañana. eEta ciudad no es tan grande. Una vez estuve con un hombre que olía a gato y ronroneaba. Se me perdió, hace ya varios años. Una noche lo ví en un restaurante, al menos se estiraba igual. Se deslizó con agilidad sobre la mesa para verme cruzar la esquina. Creí verlo. En su casa, una noche, sólo una, habló de la Luna que aparecía en la ventana y de las gotas de agua que se deslizaban por el tragaluz cuando la lluvia. Me gustaba cuando me abrazaba, sabía justo cómo hacerlo sin que me sintiera atada. Era un refugio, la imagen más próxima a un hogar antes de las llamas. El amor era tal vez ese momento. Volví meses después y él ya no estaba y lloré sin consuelo cuando sentí el olor de la madera y me dio esa alergia que me provocan los pelos de gato. Es posible que desde ese dia empezara mi interés por los gatos. Una vez tuvimos cuatro en el patio y casi de inmediato murieron tres por envenenamiento. La que quedó viva no se dejaba abrazar y nos mostraba las garras ante cualquier aproximación e intento de caricia, esas mismas con las que despellejaba ratones y atrapaba palomas. Empezó a hablandarse tras la muerte de los tres gatos, a buscarnos cuando se quedó sola. La otra tarde pensé que de querer otra mascota buscaría un conejo, uno blanco.