2 de diciembre de 2010

Durante el desayuno apareció El Marinero Varado en el Desierto. Nadaba desde el fondo de una quesadilla. Entre carcajadas estiraba hilos blancos que enseguida se llevaba hacia la boca y la mordida. El instinto fue un beso, mi nombre, un abrazo a medias. El cuerpo y su memoria tactil abren el album fotográfico, el sonoro, el del olfato. Hay mezclas irrepetibles de sudor, grasa y esencia de madera que a la distancia siempre vivas. Un timbre de voz de risa y de silencio insuficientes para el olvido, donde una mesa el mundo la gente el desierto un muro.