22 de enero de 2011

Escribo desde la ciudad y frente al mar.

Nosotros vivimos durante muchos días con la certeza de que habría más muertos, aún sabemos que entre ellos puede aparecer nuestro cadáver, el de una hermana, el de nuestra madre, el de uno, dos o todos nuestros hijos. Hemos estado pendientes del fin del tiempo, en vigilia por el sitio. Aprendimos a respirar entre mundos y descubrimos que no estábamos solos cuando nos reconocimos en la línea de las ciudades desprotegidas. Una noche de persecución aceptamos el inicio de la guerra. En la nuca el vaho de los señores a galope (y su cabalgar todavía muy cerca). Tantas horas con el futuro interrumpido abrieron heridas de las que brotaron llanto, sangre y pus. Un miedo así de frente y colectivo, tan íntimo, hace crack.

El encierro parece a la distancia el repliegue de un animal que se oculta cuando es herido, a curarse con su propia lengua. Se es otro después de tan siniestros y, en esa pausa que no lo fue, los minutos se hicieron largos, sucedió para algunos un cambio en su manera de observar. En la distorsión de las palabras que produjeron el desorden y la destrucción de los símbolos, que habían sobrevivido a catástrofes anteriores, descubrimos que inventábamos un lenguaje. El por qué nuestras escrituras se han vuelto cortas quizá se debe a que estamos en la proximidad de la síntesis y tal vez sólo sea necesario descifrar y reorganizar algunas palabras en todas sus posibles semánticas. Amor, Libertad.

Un puño de voces inicia un murmullo y con los restos de sus cordones umbilicales tejen otro mundo, un Otro que aprendieron de niños. Una mariposa aletea minúscula su verdor en una estación que continúa invierno. Es la noche de los magos, de los guerreros y los oráculos, de las hechiceras que lo son sin saberlo. Es en este frío donde nos abrigamos, unos a otros, unos con otros.

Algunos persiguen el lugar donde se concibe el universo, van tras su origen y lo vislumbran articulado en el movimiento de los labios y la vibración que produce el aire en la campanilla y la lengua. Para hacerlo, hay que aprender a respirar más allá del instinto, hasta gritar y experimentar el llanto.

El mundo es reflejo de quienes somos, los otros son nuestros espejos, ahí nos replicamos. Algunas veces intentamos descubrir nuestra belleza en las cosas muertas y la nombramos Siempre Viva, réquiem o nostalgia. Otras, hacemos viajes que no podemos ni nombrar donde suceden la resurrección y los lenguajes sagrados.

Mantenemos la cadencia sobre este espiral. Esto es lo que hacemos, en el transcurso acertamos y observamos la equivocación. El movimiento no cesa, genera electricidad e ilumina.

Hay por lo menos diez justos.




(Miriam: Este es mi ejercicio sobre las razones par no destruir el mundo. Voy a tratar de concluir otros. Gracias!)