10 de enero de 2011

Me acerco y toma el teléfono. Necesito resolver una pregunta que sólo él puede responder. Todos miran. Esperan. Me acerco. Deja el teléfono y clava la mirada en el monitor. Pregunto y su mirada se desliza por el suelo, por la pared, busca asirse al escritorio de junto. Me muestra la nuca y su cuerpo torcido. Esconde la mano en la bolsa derecha del pantalón. Su pierna izquierda vuela y se dobla; la otra intenta dar un paso, alejarse. Logra dar pequeños saltos con un pie. Se incorpora, corre, huye. Desde allá, su aliento alcanza para un No. El sonido de mis tacones en el pasillo se vuelve una carcajada. Una sombra dentada que anda junto a mí: Tan sin piedad le diste, tan sin piedad. Un nudo se tensa en el centro de mi espalda.