10 de septiembre de 2011

Escribir sobre nosotras. Escribir en primera persona. Pensarse en femenino. ¿Cómo pensar en femenino? ¿Con cuál lenguaje? Asumí mi voz masculina, siempre. Una voz que me fortalecía, una voz aprendida en el salón de clases donde mi discurso no reconoció adversarios. Adentro, he sido el único adversario. He sido el otro. Creí hasta hace poco que mi pensamiento era libre.

¿Cómo puede existir la libertad en mí si para ser soy desde un lenguaje ajeno? ¿si existo a partir de la existencia del otro? Soy más que subalternidad, soy alteridad completa. Un Yo total insospechado.

La invisibilidad es más que una sensación de no estar. Es no saber cómo estar sin el otro. Eso tampoco es verdad.

Cuánto tiempo vivido para comprender. Para incorporar la voz silenciosa del nosotras, para escucharla claramente. Es y aparece desde siempre, en múltiples compaces. Imperceptible. Sólo a esta edad la distingo.

El mundo resulta incomprensible, sus ficciones se agitan deformes. La pantalla de la realidad colapsa. En esa fractura donde la cinta se interrumpe veo mi versión original.

La libertad en mí es una imagen, condicionada, producida, asimilada.