7 de septiembre de 2015

Fui a caminar a un parque en San Diego y descubrí  familias completas circulando las vereditas y las banquetas en unas máquinas de dos llantas, que conducían de pie y a dos manos, desde el niño chiquito hasta la abuela. Todos llevaban cascos bien puestos y back packs, mientras avanzaban una persona detrás de otra. Pensé en los efectos que sobre la salud puede tener el no caminar y en lo triste que me resultaba su renuncia a  tocar la tierra. En los cerros de mi ciudad y en las señoras que los suben con sus bolsas del Oxxo o del mercadito, con sus chamacos sobre de ellas o junto a ellas. En los viejitos que nadie visita y que pudieran salir a pasearse o a la tienda en una de esas máquinas. En los morros de la escuela que viajan en taxi y que qué dieran por tener al menos uno de esos objetos de transporte. Confieso que también vinieron a mi mente los baches, la basura, el peligro de una bala perdida y los automovilistas neuróticos de mi ciudad, sobre todo la jauría de perros que con toda seguridad saldrían corriendo y ladrando detrás de las máquinas del futuro presente y de sus conductores, y que éstos les soltarían sin duda una ráfaga de esas que a veces suenan en la calle para continuar su camino automotriz.