21 de febrero de 2016

Un día me pregunté qué sería de nuestros blogs, si acabarían, como dicen, flotando en el servidor de un barco olvidado en uno de esos mares internacionales.

Yo vuelvo de vez en vez a leerme, soy nostálgica pues. Leo los espacios de bloggers entrañables y ocasionalmente los descubro respirando a un ritmo lento.

La velocidad de facebook lleva el amorcito a las letras muy pronto hacia el caño de los desechos virtuales, éstas entonces dejan una huella digital que desde ya se desvanece y queda la imagen de un alguien que corre contra reloj. Es adictivo. Y parece que hubiera libertad. No sé. Lo efímero tiene sus seguidores y atiende a la moda.

A veces extraño lo que permanece, ese hueso al que puede uno regresar y aún tiene sabor. También la complicidad anónima de la escritura durante las madrugadas.

La visita a estos rincones electrónicos me dejaba ver a sus autores, amarlos o enojarme con ellos. Generaba dinamismos y un reconocimiento que se traducía en un abrazo afortunado con aparentes extraños al toparnos por ahí personalmente.

Una vez mi hermana menor me dijo que la gente de mi edad tenía blogs, tiempo después que teníamos un perfil de facebook. No importa. Les extraño. Escriban.