17 de mayo de 2016

Se me acabaron la ira y el deseo de venganza. Observo la capacidad que he tenido para tejer un gran enredo mental. Sin ello, un gran espacio se abre para ocuparme de mi propia existencia. Cultivo con fervor el silencio y las telarañas que me han habitado comienzan a extinguirse. La soledad es un lugar habitable, un nido cálido para la creación de mí misma. El ruido del mundo se adelgaza y parece distante, ¡cuántas horas dediqué escuchar sus gritos hasta incorporarlos! La ceguera espiritual conduce a un abismo ocupado por actos de crueldad impronunciables esparcidos en el ánima de mi generación. Hay algo aquí que se mantiene vivo y logra trascender el dolor de tanta muerte. Pero, ninguna de las rutas conocidas es la mía. Busco en mi trayectoria evidencias de gozo y felicidad profunda, esos instantes suficientes para el andar contínuo son una recuperación. Estoy hecha de esas relaciones; también, de las que empiezan a borrarse. En ocasiones sus huellas encienden los órganos de mi cuerpo y recuerdo. Sus imágenes producen sensaciones y alguna emoción despierta transformada. Es posible salir de la prisión que aprende una a construir a través de la institucionalización, son precisos actos de fe cotidiana, dar pasos hacia nuevos ambientes y saber recibir. ¡Cuántas personas libres he conocido en estos meses! ¡Cuánta vida he presenciado en gestos de amor tan pequeños! He aprendido a renunciar a tantas cosas que no me pertenecen. Encuentro alegría, paz y aliento vital en cosas simples como la tierra, la lluvia, el mar, el viento o el andar en bicicleta.