26 de febrero de 2011

El insomnio desata mi percepción del sonido. Desde hace un par de horas las gotas de agua que caen del cielo suenan en el patio. Su melodía rompe el silencio de la madrugada. Aparece el canto del agua: Tláloc abre su boca, despierta en el oído un recuerdo viejo.

Aprendí a nadar en un estanque junto al mar alimentado por las olas. Adentro crecían algas y estrellas. Mi papá atrapaba cangrejos pequeños color de piedra mojada.  El decía que ese lugar lo habían inventado para mí y me enseñó a flotar. Me sostenía de la panza y yo movía los brazos, las piernas. Me quedaba quieta segura de sus manos hasta que lo veía de pie en la orilla. En una tarde logré dar mi primera vuelta. Tenía seis años. Mis papás solían llevarnos a esa playa (antes de las tormentas).

La playa se llama Cantamar y está flanqueada por rocas gigantes donde revientan las olas con toda su fuerza. Dicen que ahí me concibieron y que era junio. El amor es una cosa asi de extraña.