26 de mayo de 2013

Desde el día que recogí a mi compa y a su familia en el aeropuerto empezaron a hacer preguntas sobre la ciudad: que si la línea, que si el muro y que si de veras eso que se miraba de aquel lado era EU. Luego, que si porqué tantas cruces, letreros en inglés, gente hablando en inglés y en español, que si por qué todas esas personas corriendo en la Internacional y el canal.

Cuando los llevé al Faro ella y su pareja se pusieron muy contentos, el chico comenzó a cantar algo sobre “La esquina de Latinoamérica”. Después anduvimos sobre el malecón disfrutando del mar y de los murales. A mi compa le sorprendió ver tantos perros pese a los letreros de “prohibido traer mascotas”. Vimos que a un lado había canastos pequeños de color azul. Ella me dijo que también los pusieron en la Roma, que sirven para tirar las bolsitas con caca de los perritos con pedigree. “Andamos mal”, le dije.

La abundancia de casas abandonadas con letreros de “se vende” o “se renta” en Playas de Tijuana, Tijuarito y el Centro hicieron que mi visitante antropóloga me preguntara: “¿Qué pasó aquí?”.

Hice una narración sobre la historia reciente de Tijuana, les di tres antecedentes: TLC, Operación Guardián y 9/11. “La guerra endureció a partir de 2006, después tuvimos que refugiarnos en el espacio privado”. “Sentimos miedo”. “Pero aquí siempre están el mar, la frontera y nuestra imaginación dispuesta a saltar cualquier límite”. “Nos ha tomado mucho tiempo empezar a recuperarnos y a recuperar la ciudad”. “Lo que ves aquí es consecuencia del neoliberalismo, de la pobreza, que es violencia también". Platicamos durante varias horas por las noches hasta que nos tumbaba el sueño.

Ella dijo que nunca había estado en una ciudad donde tantas personas se hubieran quedado arriba. “¿Te has dado cuenta? Hay cientos de locos en las calles de esta ciudad, pero ni siquiera se parecen a los locos de otros lugares. Aquí hay otro tipo de locura, a nadie le molesta y nadie se detiene a ayudar a esas personas”. “Morra, estamos en guerra”, le dije. “Aquí han pasado muchas cosas de las que se habla poco. Pero esto pasa en todo el país, sucede sobre nosotros, ¿no lo ves?".

“Tú vives en un país que me da miedo”.

(Silencio)

Nuestras siguientes conversaciones versaron sobre relaciones de género, sistema de becas Conacyt, coediciones, investigación, SNI y vedetismo. También me contó sobre la gente bonita y extranjera de los pueblos del sur, de la frontera con Guatemala y la trata de personas, de la comida orgánica y los partos naturales en medio del bosque o dentro del agua a los que acuden las extranjeras y las mexicanas que pueden costearlo, del “do it yourself” y el comercio justo, de un tal Don Lauro poderosísimo “que de seguro tiene un montón de morras ayudantas y viviendo con él”, le dije. “Sí, curiosamente sí. ¿Cómo sabes?”.

Hablamos de Hermosillo, por supuesto, del profundo aprendizaje que dejó en nosotras vivir en el desierto. De todas las cosas que cambiaron después de eso. “Oye, ¿y sigues escribiendo tus pinches poemas?”. Nos reímos mucho, a veces ella de mí, otras yo de ella. “¡Caaaaalmate, pinchi Miriam! ¡Caaaaalmate! Nunca imaginé que acabarías así de loca, pero te ves bien contenta”.


Pues ya, se marcharon. Me quedo con el gusto de hablar con ella. También con la curiosidad de repensar la ciudad: necesito viajar.