1 de diciembre de 2013


Hoy fuimos a visitar las tumbas de mis abuelas Beatriz y Gudelia. Hace diez años que abrazamos sus cuerpos por última vez, sin embargo su presencia nos acompaña constantemente. Fue triste y nos dimos cuenta de que sólo tenemos imágenes sueltas de esos días. Yo no recuerdo haber estado en el sepelio de Gudelia, ni en ese panteón, pero dicen que sí fui. Visitar sus tumbas mueve y acomoda cosas todavía. Mi mamá no paraba de hablar, nos invitó a hacer algunas oraciones juntas. Llevamos flores de colores.

Elías, el sobrinito de apenas cinco años, andaba con nostras, mis hermanas y la Tita, mi mamá. Nos preguntó que si también nos íbamos a morir y que si él iba a morirse un día.

-Sí, todas las personas mueren.

-¿Cuándo?

-No sabemos, falta mucho. A lo mejor cuando estemos viejitas como Yoda, le respondí.

Me veía con cara de incredulidad y de susto. Se quedó en silencio durante menos un minuto y enseguida nos dijo muy sonriente:

-¡Ah! ¡Ya sé, Nina! ¡Nos vamos a morir cuando pase un millón de años!

-Sí, todas le dijimos que sí.



También pasaron cosas bien bonitas,
entre ellas que encendí el horno de mi estufa
dos días seguidos.