12 de octubre de 2014

Educarnos para la paz

Cuando era muy joven pensaba constantemente en la justicia, y en la venganza. He presenciado tanta muerte, tanto dolor y me espanta saber que son muy menores respecto a la experiencia de otras personas. La Historia me ha sorprendido, creí que estudiarla me daría las pruebas necesarias para ir a la corte. Sin embargo, empiezo a descubrir la imagen del rostro humano y la urgencia de un proyecto educativo que surja de la crítica al neoliberalismo, que integre los conceptos de persona, comunidad y naturaleza con el amor y la autonomía, con la vida.

El dolor y la muerte también se heredan cuando no hay justicia. Cuando las personas no logran sanar la ofensa, ésta queda para la siguiente generación. Eso no lo enseñan en la escuela y muy pocas veces se aborda el problema del cómo sanar esos procesos sociales. Somos unos cuantos ocupados en ese propósito, con escasos recursos y casi ninguna organización.

Ahora pienso en la necesidad del amor y como nunca en la educación, quizá porque lo que he encontrado ha sido distinto a lo que me contaron, a lo que pensé que sería. El futuro tampoco ha sido lo que me enseñaron y aprendí a imaginar. Esas rupturas me conducen hacia la búsqueda y construcción de nuevas formas de ser y estar. Apelo al instinto de la vida, que es la vida misma.

La violencia es recurrente en la cotidianidad, se manifiesta en la micropolítica del día a día: en el trabajo, en los intercambios comerciales, en las relaciones de pareja, en los salones de clase, en la calle; ocupa un lugar en el espacio público, donde es reproducida celosamente en los medios como parte de una estrategia política de control social que alimenta el miedo y donde también nosotros la replicamos quizá de manera involuntaria. Lo observo, lo siento.

La violencia destruye la salud del cuerpo, se come la vida, lo enferma todo. Nuestro tejido se descompone y perdemos la consciencia. Bajo esas circunstancias es más complejo integrar la existencia de las otras personas, reconocerlas como iguales y sostener con ellas relaciones saludables. No obstante también cansa, y es un tronadero de consciencias que sin una educación para la paz sólo provocará nuevas formas de violencia.

El exilio y la migración forzada, durante y después de una revolución, han dejado huella en nuestras comunidades, en nuestras familias y en nosotros. En la ciudad de Tijuana todos somos migrantes y herederos de las consecuencias simbólicas y materiales de esa experiencia. En la diáspora actual, que empuja a las personas del campo y la ciudad a marcharse de este  país, porque la pobreza y la violencia dejan poco o ningún espacio para la paz mínima que requiere el cuidado de la vida, la familia, la educación y, sobre todo, el trabajo, están apareciendo nuevos duelos colectivos y silenciosos. Esto ocurre en casi todo el país.

Vivo en una ciudad de migrantes, en una frontera situada frente a un muro de guerra. Las calles están vigiladas, día y noche. Y, aunque el ritmo de esta urbe, las fiestas, los encuentros, no se detienen, la miseria crece y el poder adquisitivo se reduce cada semana. Pertenezco a una generación en proceso de precarización, y eso también es un acto violencia que patea directamente nuestros hogares.

Hoy creo en la necesidad de construir la paz como ruta. En lo preciso que es crear otro lenguaje y otras formas de hacer. En el perdón, y lo absurda que es esa palabra en este momento. En comprender procesos creativos distintos, que atiendan a la diversidad de formas de aprender y de expresarse en los seres humanos. Una vez más, observo la necesidad de demarcarse de los discursos hegemónicos y sobre todo de las prácticas que los institucionalizan, sobre todo en los campo académico, laboral y personal, pero, me pesa decirlo, a través de una sana negociación personal con ellos, que espero me permita encender vínculos con mis semejantes.

La locura es una opción, de vez en vez, también lo es el olvido. Pero ver, ¡ver! ¡ver! ¿Para qué ver tanto? A estas horas me pregunto para qué sirve ver tanto, con esta claridad que se desprende del insomnio y alcanza una verdad casi mística. Vivir implica un poco de fe en el presente, en quienes están cerca y en una misma, en el futuro, sobre todo cuando se tiene la responsabilidad y el amor por los niños y los jóvenes de carne y hueso, esos que veo crecer y esos que acompaño en la universidad.

¿Cuál puede ser la función social de la memoria cuando de construir la paz se trata este día? ¿Cómo llevamos a cabo un proceso de sanación personal y colectiva cuando es tan grande la ofensa? Estoy lejos de partir de cero, sí existe una contribución sobre estas problemáticas elaborada desde el trabajo de campo, la libertad creativa de algunos profesores, del análisis cuidadoso de la realidad que han algunos autores y de la organización de algunas comunidades. Los procesos y resultados de esas experiencias están en la red, pero no las vemos. Estudiar sus propuestas y metodologías, así como ponerlas en práctica constituye una empresa que espero compartir con algunos de ustedes.