5 de octubre de 2014

Hubo una vez un hombre en busca de un tesoro

Hubo una vez un hombre en busca de un tesoro. Con esa intensión dedicaba cuantiosas horas al estudio de libros antiguos y contemporáneos, resolvía acertijos ocultos entre las calles y tomaba nota de los mensajes que recibía a través de sus sueños, e incluso de los sueños que otros soñaban. Durante años conversó con muchísimas personas en distintos pueblos, con el fin de rastrear alguna pista entre sus mitos y tradiciones.

Año con año bitácora y mapa crecían en detalles, mientras avanzaba sobre los rincones más alejados de las concentraciones urbanas. A pesar de haber descubierto abundantes riquezas, ninguna se aproximaba a la de sus sueños. Así, comenzó a encanecer y cuando estuvo a punto de resignarse, algo en su corazón le susurró un nuevo indicio y abandonó todo para perseguir una vez más aquella fortuna. Y pasó el tiempo.

Una tarde subió una enorme montaña para asistir al encuentro de los espíritus guerreros que las habitan y hacerles una pregunta. Era ya muy viejo y en el ascenso, poco a poco sus fuerzas se doblegaron. Al alcanzar la cima cayó muerto sin que nadie se diera cuenta y junto a él quedó la bitácora con el mapa dentro. Su cuerpo y sus propiedades fueron cubiertas por la hierba hasta reintegrarse a la tierra. Pero su corazón no se redujo, durante las noches se encendía como una piedra volcánica y generaba tanta luz que parecía una estrella.