17 de marzo de 2015

Intento recordar cuándo fue que hablamos por última vez y qué dijimos. Conservo una escena como final de la historia, donde tuviste una actuación insuperable. Esa noche no me doblé, ni siquiera cuando te sacaron a rastras, sin voluntad y encanecido de la pocilga donde te encontramos. A nadie le deseo ese momento, sin embargo ha sido preciso para mi transformación mantener ese instante de tus ojos incapaces de mirarme. No puedo dormir, sucede siempre que hablo de ti. Hoy encontré tu navaja y descubrí un nuevo truco, uno muy complicado. Encendí una veladora y las coloqué juntas. Pensé que al seguir esas recomendaciones haría una especie de pacto nuevo contigo y que sería una señal para ti de que ya podías acabar de irte muy en paz de mi vida. En realidad lo que me tiene despierta es comprender que esa veladora es para mí, para que alcance a ver, que si bien la herida fue profunda, la cicatriz es también una rejilla para que entre y salga la luz.