9 de octubre de 2008

Vacíos: sepa..., el diablo, sin evidencias

sepa...

Cuando voy de visita y el dueño está en la casa no puedo orinar, no puedo. Hace algún tiempo me pasó en otro lugar. En aquella ocasión lo logré tras un par de días de convivencia y muchos abrazos. Esta mañana se me volvió a cohibir, aquí donde todo tiene una historia escrita y nada me pertenece. Hoy estuve ahí sentada sobre la taza como quince minutos tratando de que mi vejiga se liberara de aquella cosa que me inflamaba el vientre. Entonces me dio por hablar: éramos ella y yo en pleno debate. Cosas de mujeres, pensé, y me di por vencida. Más tarde en la escuela sentí unas ganas desesperadas y corrí al baño. En cuanto me senté comencé a orinar y a llorar también sepa por qué.





el diablo

Anoche el diablo estaba en el closet. Bufaba dentro de ese mueble. Su exhalación lo cimbraba todo con tal fuerza que de golpe abrió las puertas. Me veía. Me llamaba por mi nombre: M i r i a m. Yo me quedé acostada: inmóvil. Apenas respiraba: muda. Me envolvió un calor insoportable surgido directamente del infierno. Él era de un humo blanco emergiendo de la noche en donde mostraba imágenes de mujeres desnudas, colgadas por la espalda y sujetas de un gancho pendiente del techo. Estaban vivas. Gritaban. Su rostro era desfigurado. Su cuerpo un lamento. Me miraban. Él observaba. No hay peor tormento que saberlas sufrir de tal manera. Desperté bañadita en llanto. ¿Dónde están mis hermanas?





sin evidencias

Mañana me arrancan una uña. La más pequeña de todas. Me crecerá una nueva, ahí en el mismo sitio. Murió. La pisó un monstruo en un crucero. Ocurrió accidentalmente. Su tamaño me impactó. Alzaba los ojos para verlo entre tanta gente que atravesaba la calle. Dejé mi pie ahí, con su chancla. Él ni me vio, iba de prisa. Su cuerpo por un instante en el más breve de mis dedos bastó para conocer el peso del mundo cayendo sobre mi. Me brotó una lágrima. Seguí caminando para no llamar la atención. Me fui de la escena velozmente para ocultar el aplastamiento recién vivido. Entré a una farmacia y pedí una caja de aspirinas. Se te va a caer, me dijo el vendedor. Una semana después el dolor era insoportable. El doctor de las uñas me informó que no había más remedio que extirpar. Tuviste suerte, me dijo. ¿Qué tal que te cae encima? Me mata, le contesté. No hay moraleja.






-Publicados en Altanoche. Música, literatura, cine, núm. 28. Hermosillo, Sonora. Julio de 2007.