25 de octubre de 2008

Hubo un tiempo en que pronunciarlo estaba prohibido para Mariana. Pensó que sería suficiente para hacerlo desaparecer, como a las lenguas que nadie más habla y se olvidan. Rumió otros cuerpos y otras habitaciones, pero entonces la memoria. el cuerpo. la memoria: este cuerpo.

Leyó un libro sobre las palabras, que trataba sobre el poder que encierran y la magia de la que son capaces al hacer real hasta lo que no existe pero existe al ser nombrado. Comprendió que son una forma de nombrar, de recordar: un origen y el universo. La memoria es aún más poderosa y hace trampa: sobrepone una imagen tras otra, tras otra, tras otra. Mariana sabe que (la memoria) engaña.

Recuerda. Escribe y deja archivos ocultos, fuera de la carpeta de textos y garabatos para trabajar después. Hoy encontré una evidencia de lo que no ha dicho durante estos meses:


Hoy busqué tu sonrisa en todas las bocas. Es probable que se haya quedado en casa frente a la computadora, recostada en el sofá o en tu cama. Te solicito en el sitio donde tu ausencia. Me pregunto dónde descansan tus botas, tu camiseta, tu reloj, la liga con la que aprietas tu cabello.

Ella es arena dispersa.
Un granito de piedra que reposa en mi escritorio.

A partir de las 3:37 a.m. recuerdo que debo ocuparme de Volver. He comenzado a hacer la selección fotográfica de los últimos diez años. Ninguna sonrisa como la tuya estará incluida. No quedarán pretextos para nombrarte, ni evidencias de tu paso por esta calle donde los perros y los aviones durante las noches.


Hubo un tiempo en que nombrarlo estaba prohibido para Mariana, pero entonces la memoria... el cuerpo... la memoria.... esta casa donde sus pasos... el desayuno.