9 de octubre de 2008

Esta mañana ella salió rumbo al trabajo, iba de prisa para llegar a tiempo. En el taxi se dio cuenta de que había olvidado su cartera y le pidió al chofer que la dejara en la siguiente esquina. Era temprano, una calle poco transitada, el Centro. Caminaba rápido para volver a casa.

Él detuvo su auto junto a ella. Bajó corriendo de la camioneta. La tomó de frente con la fuerza de sus dos brazos de bestia gigante negra y la levantó. Abrió la puerta trasera y la lanzó dentro.

Sus piernas quedaron fuera, la puerta se estrelló en sus rodillas y eso sirvió para patearlo, para evitar que la puerta cerrada hiciera de ella un silencio. Su cuerpo femenino entrenado en recibir ataques masculinos le dio muchos golpes. Sus brazos no alcanzaron a cansarse.

El semáforo cambió de rojo a verde a rojo. Comenzaron a pitar los carros, a notar un auto detenido con la puerta abierta, las piernas de una mujer bailando en el aire y el cuerpo de un monstruo tendido sobre ella. Entonces furioso la jaló de los cabellos y de los brazos hasta azotarla en la banqueta. Se fue.

Un joven quiso ayudarla y ella sintió que todos, cualquiera, todos, cualquiera, podría ser el siguiente. Corrió. Llamó a casa.

Contesté.

Estoy emputada. A veces olvido lo esencial. Son mis hermanas.

¿Hasta cuándo van a aprender a respetarnos?