18 de junio de 2009

¿Me pregunto si para los tiradores y los piojosos tendrá algún valor el que yo pase las horas en el sótano de este edificio? ¿Si para alguien, además de quienes estamos convencidas de la trascendencia de esta publicación, el análisis de los documentos de estos archivos y el escaneo de cartas empolvadas y amarillentas tienen alguna relevancia? ¿Si quienes toman las decisiones tendrán algún respeto por nuestro trabajo y por las historias que interpretamos? En estos días de frontera, ¿a quién le importan la historia, la educación o la cultura? (Sé de unos cuantos).

En los archivos descubro nombres, fechas, decisiones, evidencias de un proceso atravesado por varios tiempos: el de las agendas políticas, el de las limitaciones económicas y la falta de planeación, el de la imaginación frente a las carencias; también, ese que corresponde al pulso vital de cada una de las personas que han trabajado aquí y que tal vez tocaron estos papeles o grabaron en ellos su firma con una pluma. (Aquí debe haber restos de saliva y de sudor).

A través de estos documentos comprendo el significado de la palabra institución y tiene muy poco en común con las definiciones de los diccionarios y los libros de sociología. Este lugar se ha construido gracias a las ideas y las emociones de cientos de personas que realizan su trabajo fuera de los reflectores. Por eso creo que también nos han expropiado el significado de las palabras, que ha habido una educación política a través del lenguaje y en ésta una cultura que nos reduce a lo privado, a pensar que nuestra vida es una producción cinematográfica, un melodrama. Hasta nuestra relación con el tiempo y el espacio ha sido intervenida. ¿Cuáles son las consecuencias de estos procesos? Tiene que ver con los muertos y con el rostro desfigurado de la libertad.

Cuando estaba en El Colegio un estudiante de comunicación, que había abandonado la escuela porque tenía ambiciones más grandes y estaba convencido de que la realidad estaba fuera de la universidad, se sentó con nosotros en los equipales para hablar sobre Oaxaca. Evidentemente emputado por los acontecimientos y dispuesto a partir hacia las barricadas, sin imaginar lo que le esperaba, nos preguntó: ¿de qué sirve estudiar una maestría? Al final, ¿para quién van a trabajar?, ¿cual será el origen de sus salarios?, ¿saben que su trabajo terminará en el estante de la biblioteca?, entre otras cosas. En conclusión, planteaba que nuestra empresa era romántica, inútil y servil a la vez.

Yo, que para irme a estudiar había dejado mi ciudad, mi familia, mi casa y vendí mi carro, que renuncié a mi trabajo y me embarcaba con la tarjeta de crédito mes con mes porque la beca no me alcanzaba, y sobre todo, que estaba por perder a un esposo que adoraba (y que finalmente perdí), sin olvidar mi glam y con esta boca de intelectual de Infonavit le dije: no me salgas con chingaderas, ese discurso lo escuché en la prepa y ya era viejo. Aquí alimento mi capacidad de transformar, eso es lo que hago en este momento, además soy mujer y la muerte y el futuro me duelen y me levantan todos los días. Cuando se fue una compañera me dijo: Oye, recuérdame por qué estamos aquí. Y yo le respondí: porque cuando el mundo se va a la mierda las personas tienen miedo y el vértigo les hace perder el equilibrio, se convierten en seres violentos y empiezan a procurar la muerte, entonces algunos buscan en el pasado algo que les ayude a recuperar el sentido y la memoria para decidir. Tenemos que estar listas porque esos días ya están aquí.

En la mesa de a un lado, otras y otros estudiantes de posgrado lamentaban la muerte de Valentín Elizalde, algunas hasta con lágrimas en los ojos. Eso también es verdad.

Tengo el sueño extraviado desde hace días. Leo.