25 de octubre de 2011

Cada generación asigna al concepto revolución sus experiencias. Adentro permanece la expectativa de que es posible ser y vivir de otro modo, que es preciso cambiar. El problema es ponernos de acuerdo hacia donde dirigir ese cambio y esa revolución; y, el miedo de parecerse al pasado, al padre.

Desprenderse de la figura padre es necesario para alcanzar la independencia, la autonomía. Olvidarlo, rechazarlo como parte del yo, ¿es deseo?

Una y otra vez aparece el autoritarismo. Pienso en las críticas de Hobsbawm, entre otros, a la posmodernidad. Me pregunto si esto que sucede es sólo una mutación de la modernidad o si ya por fin se muere, porque la muerte que respiramos es mucha.

Delanoy dice que el instinto de conservación es millones de años más antiguo, que los seres vivos que mejor se adaptan a los cambios son los pequeños y por eso la extinción de los dinosaurios. Nos recuerda constantemente que la naturaleza de la vida es la vida. Yo le agrego que en este punto de la cultura, el amor es preciso. Y que el amor y la vida no son lo que aprendimos, para ser y vivir de otro modo necesitamos más que instinto: imaginación.