26 de octubre de 2011

Ya entendí cuál es la utilidad de que la gente como una lea todo y casi en forma simultánea, sostenga monólogos en su auto, en sus sueños, en su habitación, frente a la computadora, mientras camina, e insista en esa práctica de observar y pensar constantemente. Después de muchas tazas de café y quizá cientos de cigarros, de noches eternas, de días controversiales, de autoplacer, autosabotaje y decisiones contramonogámicas, de pildoras y placebos, etc-etc , logra una descifrar la constelación que forman cada una de las luces maravillosas que brillan en el fondo de eso que acordamos en llamar oscuridad.

La juventud es un estado mental, la madurez también, resulta incluso que ambas se relacionan con las sustancias que produce el cuerpo. Las canas y los antioxidantes, el agua y la comida orgánica de un tiempo acá ocupan un lugar en mis pensamientos.

El otro día noté la cercanía del otoño, y eso no quería entenderlo, pero lo comprendí inmediato. Me lo imaginé muy dorado, muy rojo, lleno de viento y lluvia, de unos amaneceres y atardeceres y una luna insuperables. Pensé en el frío y en la importancia de instalar una chimenea; en lo mucho que me gustan ahora esta casa y su tragaluz.

También, platicaba con un amigo que, al igual que yo, ha invertido sus ganancias en libros y le decía: aquí lo único de valor somos yo y estos libros donde voy dejando mis ojos para hacerle lugar al universo y a todas esas cosas que pienso y pienso, y que al fin he logrado hilar para hacerlas bajar y que sirvan de algo. El me preguntó hace poco si sus canas se notaban mucho y me pareció que era una de la preguntas más honestas que me ha hecho nadie.