16 de junio de 2013

Anoche hubo un pleito terrible en la calle sexta. Era la hora de salida de los bares, poco más de las tres. Vimos a unos morros discutir y jalonearse frente a un patrullero y a una chica que le golpeaba la cabeza a un muchacho con los puños hasta que se la quitaron. Nos sorprendieron la fuerza de esta mujer y el coraje de sus golpes. Sus amigos la abrazaron, mientras el otro y sus compas se fueron caminando rápido hacia La Revu. Al fondo continuó la riña. Se empezaron a escuchar gritos y varios morros corrieron hasta media calle donde cuatro se peleaban a golpes. Otros, muchos, salieron de los bares como si fuera un llamado a lastimarse o una convocatoria a exhibir públicamente su impotencia. Los que caían al piso la pasaron bastante mal. Patearon a un chamaco entre once.

El patrullero hablaba por radio desde la esquina. Transcurrieron menos de diez minutos y ya la bola era como de veinte golpeándose con mucha saña. Los automovilistas no podían pasar y los que podían no pasaban, estaban viendo una película a través de las ventanas de sus carritos. Los que se dieron cuenta de lo que pasaba empezaron a alejarse, pero no todos: la gente se quedaba parada sin hacer nada. Nadie intentó detenerlos. Las patrullas no podían pasar por el tráfico.

Después de quince minutos llegaron cinco patrullas municipales y al final una camioneta negra. Bloquearon la calle. Los chicos corrieron y se mezclaron entre la gente, no había cómo identificarlos. Hubo uno que no podía levantarse, entre dos muchachos se lo llevaron y se alejaron muy silencitos. Otro se levantó muy apenas y se perdió entre la bola. Las patrullas se quedaron solas frente a los bares. La policía no está preparada para algo así, ¿para algo sí?

En la terraza donde nosotros estábamos la mayoría continuó bailando, yo era la única loca que gritaba. “¡Déjenlos! ¡Sepárenlos ya! ¡No mamen, ¿por qué? Nos costó un chingo recuperar la calle! ¡La calle es nuestra, defiendan la calle, no chinguen! No escuché que nadie más dijera algo. Los del pleito se dispersaron, la policía se quedó ahí a media sexta y la fiesta siguió. No sé con qué frecuencia ocurren estos enfrentamientos o si ahora forman parte de otra noche más.

Hay distintas respuestas ante la violencia y el miedo: algunas personas se paralizan, huyen o atacan. La indolencia, el silencio y la evasión forman parte de esta política del miedo. Unas horas antes en esa misma calle asistimos a un gran concierto: tan sólo seremos libres cuando no haya más que perder. Todos éramos tan bellos. Estábamos enamorados.