18 de noviembre de 2014

Fui programada para echar raíces en esta tierra,
sin embargo quienes me programaron experimentaron la migración forzada.

Ayer mi madre me contó la historia de la noche que salieron huyendo de su pueblo.
Ella se despidió con abrazos de cada una de las paredes de su casa.

Después del pueblo fueron a vivir a Morelia por dos años
luego llegaron hasta Tijuana, aquí conoció la pobreza y el hambre.

De eso se habla poco en la familia,
pero hay rastros suficientes de esa fractura.

Heredamos del abuelo el sueño de enraizarnos
en esta ciudad que continuaba siendo un pedazo de México.

Mi negación a cruzar la frontera, al destierro,
obedece a un temor compartido:

cerrar la casa, dejar a los amigos
y al mundo hecho con las propias manos.

El Pájaro me pregunta cuál es el sentido de la resistencia,
yo le respondo con palabras sobre la que he leído y vivido.

Supongo que él piensa en el apego a lo sólido.
Yo, que lo sólido está que se desmorona o se disuelve.

El ciclo está abierto, este no es un lugar para quedarse.

La frontera es un sitio peligroso:
el muro es un símbolo cotidiano de la imposibilidad de salir de aquí
introyectado silenciosmente desde la infancia,

es la normalización del encierro propio.
No saltarás, no saltarás.