9 de noviembre de 2014

He estado sentada frente al escritorio desde hace varias horas buscando en el lenguaje y una turba de posibilidades sobreviene incomprensible.

Hace semanas que la falta de articulación originada por la violencia irrumpe la normalidad de mi propio caos dejándome sin nombres para lo vivido. Mi cuerpo ha sido un cuerpo que alberga dolor, un cuerpo que alberga llanto, un cuerpo que alberga temor. Sin lugar para metáforas. He estado enferma desde hace casi un mes de algo que el médico reconoció como fatiga crónica, alergia y después gripa. ¿Es necesario un diagnóstico exhaustivo? Tengo luto, participo de un duelo colectivo que desmiembra mi lenguaje, que resquebraja mi sentido del tiempo y el espacio, luego de realidad.

Me pregunto qué es la resistencia y cuál es su sentido, qué es la muerte y si el sacrificio tiene una lógica trascendental eminente, sobre todo me he estado preguntando qué es la vida y cuál es el propósito de estar aquí. Observo a mi alrededor. Intento comprender la función social del duelo y sus etapas, las respuestas humanas al miedo y al hambre, a la falta de amor, a la anulación política, social, económica, cultural, corporal, simbólica de la misma existencia humana.

Para quienes tenemos acceso a los medios electrónicos de comunicación y consumimos información no originada por lo canales oficiales, la percepción de la violencia institucionalizada, del Estado, produce la sensación de cercanía y de un crecimiento exponencial de esta violencia que por su desmesura alcanza la puerta de la propia habitación y aplasta los derechos políticos. Sin embargo el hambre, la violencia y la muerte como resultado de políticas públicas serviles de particulares y transnacionales tienen un origen remoto y preciso. Estamos lejos de ser privilegiados, y una vergonzosa comparación con los más marginados y excluidos no nos salva de la ignorancia en la que hemos vivido ni nos protege de la precarización hacia la que vamos juntos. Hace tiempo comprendí que si de resistir se trata, somos resistentes, pero si de transformar se trata nos falta claridad para organizarnos.

Lo que me interesa apuntar en este momento es el proceso de formación de la propia consciencia y de la conscienca colectiva, que sacudidas por el reconocimiento de la existencia del otro y del dolor del otro, hace posible reconocer la propia existencia y el dolor de uno mismo. Así que cuando decimos que vayan ellos, los otros, a luchar, a defenderse, a manifestarse, que sean ellos quienes se organicen sin involucrarnos, dejamos pasar la oportunidad histórica de reconocer nuestra propia existencia y de hacer nuestro el legítimo derecho a la dignidad, es dejar que otros vivan por nosotros y decidan a nombre nuestro, y empezar a morir lentamente de miedo.

Difiero de una actitud que descansa en los estudiantes la responsabilidad única de organizarse y tomar las calles, pero también reconozco sin juicio las escasas habilidades de mi generación para solidarizarse a pesar de las diferencias, para organizarse mantener la cadencia durante periodos prolongados. Efimera y borderlandera es nuestra memoria y lo son también nuestras acciones, son las mías porque yo participo de esa cultura heredada y producida, quizá hasta hoy involuntariamente.

¿Qué sigue? No lo sé, no lo sé, pero voy a escribir.


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