7 de julio de 2011

El platillo de salmón con arroz blanco es uno de mis favoritos. Lo descubrí hace unos cuatro años mientras experimentaba sabores nuevos, me parece de lo más exquisito que ha pasado por mi boca. Cocinarlo era un lujo, una fiesta sólo para mí que me permitió comprender por qué ciertos alimentos son considerados un manjar de los dioses.

El placer que produce la comida se origina en el ritual de su preparación. La estimulación de los sentidos inicia con el aroma, por eso las hierbas de olor son fundamentales y hay que saber usarlas en la cantidad precisa. El cilantro y el perejil tienen un particular efecto en mi organismo, me refrescan y me ponen contenta; mientras que, el romero me tranquiliza, me induce a un estado de armonía y abre mi mente.

La comida y la música ocupan un lugar central en las fiestas por su relación con la memoria. Los aromas y los sonidos registran informaciones en el cuerpo; sirven para recordar la experiencia de lo vivido. Y, ahí está otra clave para entender la relación entre los sentidos y la memoria. Por ejemplo, el incienso cuando arde despide un olor que siempre me remite a un templo con cielo muy alto y a un ambiente de solemnidad, a un silencio divino. También imagino cantos que no dicen nada, al menos no algo que comprenda. Su esencia devela un recuerdo que asocio con lo sagrado y las prácticas más antiguas de las que fui testigo durante mi infancia.

En cambio, el sabor de ajo con mantequilla en cualquier guiso es una clara evocación de Navidad y Pascua en mi familia, que son dos celebraciones anuales donde todos los integrantes se reúnen a comer y a actualizar su pertenencia al grupo. Como este sabor hay otros vinculados con las prácticas culinarias y las tradiciones familiares, entre ellos el de los tamales, los buñuelos y ni decir del mole michoacano.

Disfrutar de los alimentos con tiempo y desde el momento de su preparación es una forma de despertar los sentidos, de ahí su carácter ritual en nuestras culturas. Por ese motivo, las reuniones para compartir el desayuno, la comida o la cena son momentos especiales que demandan cierta organización y un lugar en nuestras agendas. En torno a la comida y la música suceden el diálogo y la danza, dos actos performáticos que dieron origen a las civilizaciones. Los sabores forman vínculos entre dos o más personas, son unos hilos invisibles que vibran en la memoria como la melodía de una canción.