22 de julio de 2011

Escribiré sobre gatos.

Tengo dos gatos desde el domingo. Uno se llama El Fleshito y a la otra le puse Antena, tienen como dos meses y se dedican a destruir mi casa. Por fortuna no sueltan pelo, en cambio riegan la arena con gran entusiasmo, son un par de luchadores infatigables. Hasta hoy no los he visto dormir, quizá porque sólo vengo a dormir a mi casa (ocasionalmente). El lunes comprendí lo vital que es mi presencia para ellos, así que procuro dejarles comida suficiente y agua, acariciarlos y platicarles alguna cosa. Anoche descubrí al gordito colgado a mitad de la cortina y estoy segura que la Antena le reía la gracia.

Pienso que no es bueno pasar tanto tiempo sola. Algunos días extraño demasiado mi soledad, quisiera tener tiempo para disfrutar mi silencio. Hay mucho ruido en la calle y tan deshabitada que parece. No puedo seguir el ritmo, ni lo entiendo, ni me gusta y al aproximarme veo el reloj. Siempre es hora de ir a otro lugar.

Me sorprende la dedicación de la gente para hablar de la gente (me sorprende cuánto tiempo he perdido hablando de la gente, preocupándome por la gente: ¿cuál gente, cuál nadie nadie nadie!). Voy entendiendo que el día sólo tiene 24 horas y que ocho de ellas debo dormir para conservar en buen estado mi piel, mi cabello, mi salud. Una hora del día la uso en trasladarme a Tijuana y regresar a donde paso la noche. Una hora y media la utilizo en el gimnasio. Una hora y media la ocupo para comer pagar cuentas ver zapatos en la Plaza Río y robarme las letras de los libros recién llegados a Educal. Dos horas al día platico con algún ser humano o con varios, una parte por correo y otra por teléfono. El resto del tiempo hago cosas que a nadie importan y que son vitales para mí, como pensar, observar, leer y escribir. Es increible que la constante detrás de todo esto sea la respiración.

Paso las tardesnoches cerca del mar, casi siempre las de entre semana después del gimnasio. Soy adicta al café y a la contemplación nocturna. El fin de semana me voy lo más lejos que puedo de la ciudad. Hay tantas cosas que no había visto y la gente se enoja o se mata por tan poco (mato y me enojo por tan poco).

Hoy vi una nube en forma de pez y me comí un tacovario de tortita de carne. Después vi un pez que se comió un sueño y era medio poema, la otra mitad se componía por una moto de cuerda, un edificio blanco, un vagabundo cojo y unas letras que no decían absolutamente nada.

Durante el verano aprendí a nadar. A los siete me lancé por primera vez de un trampolín de ocho metros y caí hasta el fondo de la alberca. Abajo, adentro, hasta la profundidad del agua. Estaba oscuro, eran tan grandes la euforia y el miedo. Esa imagen ha sido siempre muy hermosa.

No sabía cuánto podían gustarme los gatos. El cuento del Imanol Canayeda me dió miedo, es una gran historia sobre una mujer con un montón gatos y una mesedora. Pensé que era una historia del futuro, de uno que parecía mío. Es el mejor cuento que publicó la altanoche.

Hoy es viernes y sólo quiero estar aquí con mis felinos, dormir y que amanezca para irme al trabajo de campo.

Los domingos viajo a las estrellas.