13 de febrero de 2012

Hace muchos muchos meses corría por una calle larga que daba hacia la playa. El camino se estrechaba hasta convertirse en un laberinto que me obligaba a entrar por un pasillo y pasar detrás de una enorme casa. A la izquierda había un muro y a la derecha una enorme ventana. Adentro estaban una niña y un niño en silencio, rodeados por muebles viejos y telarañas que parecían cortinas. Enseguida había un patio con un columpio roto y un jardín seco.

Corría y el laberinto me llevaba de vuelta a la ventana, a los niños silenciosos, al columpio roto y al jardín seco. Seguí corriendo, otra vez la ventana, los niños silenciosos y el columpio roto. Seguí corriendo y ahí estaban: el laberinto, la ventana, los niños rotos, el jardín silencioso.

Al pasar de nuevo, el niño estaba solo y volteó. En la casa quedaban sólo las telarañas. Seguí corriendo y al llegar al columpio di vuelta, rompí la ventana y me llevé al niño. De la mano llegamos hasta la orilla de la playa. Sobre el mar nos esperaba una nave.