23 de julio de 2012

Mi papá, que fue un hombre muy cabrón e hijo de la chingada, solía decir: ése es peor que una pinche pulga en la oreja.

Ahora entiendo: las detectas, las fumigas y le aplastas la cabeza a las más atrevidas; bañas al gato, le pones unas gotas de insecticida ligeramente tóxico recomendado por el veterinario e inviertes tiempo que no tienes en la limpieza extrema. Cuando parece que se han extinguido, la generación siguiente organiza un marchón con saltos incluidos. Descaradamente.

El paso siguiente, antes de llamar a los profesionales de la guerra contra las pulgas, son unos frascos de gases venenosos, unas como m olotov que se pueden adquirir en el supermercado. Y bañar al pobre gato de nuevo; después, lavar otra vez todas las cobijas, la ropa, las cortinas, las alfombras... con la esperanza de que todo en esta Casa quede como si nunca hubiera pasado nada, brille, huela flores e impere de nuevo el orden.

El instinto asesino pues, haciendo gala de la lucha por la sobrevivencia de las especies. Yo, en mi ridícula guerra contra las pulgas soy un animalote rapaz y evolucionado, que no entiende de ciclos ni de calores ni tolera la presencia de otras creaturas, no dispuesto a compartir su territorio.

(Quiero una nave).