9 de febrero de 2014

En la sala una botella de vino desaparece lentamente y el humo del tabaco dibuja el territorio de los Lakota. Las velas sobre la mesita de centro son lo más próximo a La Danza del Sol.

Un hombre sueña otro mundo recostado en mi sofá. Se transforma en gato montés y sale a caminar entre las casas del barrio, en pájaro y sobrevuela Santa Fe de la Laguna, en hombre y sobrevuela la Ciudad de México.

Mi respuesta es siempre sí, a todas las posibilidades mágicas.
Yo la loca, la bruja loca, observo desde la tierra.

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El baile empezó a la 1:30 am y terminó en la habitación. Este hombre me acomoda las plumas, las limpia. Me abre las alas. Su vibración revela que allá, fuera del todo, existe un lugar sin registro en mis bitácoras o en el almanaque onírico. Es un pájaro, así que le creo. Sabe cómo llegar, sonríe casi todo el tiempo y despierta sin los nervios anudados en la espalda. El, hace una fiesta para celebrarnos sin pronunciar una palabra. Un hilo de luz asciende sobre mi columna vertebral. Pronto saldremos volando por la  ventana, sin miedo a las alturas o los aterrizajes, cada uno a su propio ritmo y velocidad.