3 de febrero de 2014

Vínculos

Hoy, para expresarme, sólo he podido bailar. Ayer pasé la tarde en el sofá leyendo sobre el cuerpo y la espiritualidad, escuchando a un lama hablar sobre el asunto de la benevolencia y la compasión; y, antes, sostuve una serie de encuentros y conversaciones sobre los ciclos vitales de la existencia, que me hicieron pensar en el elemento Fuego como fin y principio de la transformación de la materia. Dejé los documentos de mi proyecto de investigación en marcha sobre la mesa: logré desempolvarlos y encender mi persecusión sobre el fenómeno de los vínculos entre las personas. También, vi una película sobre resiliencia durante la época de la posguerra en Londres.

Las protagonistas de esta historia vivían juntas en una casa, huérfanas, cuidándose una a la otra, sin pasado, sin los apellidos de nadie para ser reconocidas por las hazañas o herencias de sus abuelos. Cada una tenía la oportunidad de iniciar su  propio legado, con un apellido nuevo: de mujer. Tres de ellas se construyen a partir del amor entre hermanas, los cuidados de una huérfana mayor y otra mujer que podía ser su abuela, quien muy temprano en su vida decidió no casarse para cuidarlas. En ese proceso la educación gratuita que reciben en una escuela de arte ocupa un lugar primordial, ahí estudian danza, literatura y canto. Había otras dos, que pasaban de los cincuenta y más años, quienes eran profesoras jubiladas de la universidad: una era doctora en letras y la otra en matemáticas, habían logrado reunir un capital económico y simbólico para ser libres hasta donde fuera posible; éstas les daban clases a las más jóvenes, para que pudieran ingresar un día a la universidad. El mundo estaba lejos de ser un paraíso.

Había una más, que era una guapísima actriz y bailarina de teatro, quien enfrentaba una crisis de mediana edad porque estaba cerca de los cuarenta años, ya no le ofrecían papeles protagónicos y los hombres habían dejado de voltear a verla. Se pintaba el cabello constantemente, era feliz y, a veces, se ponía triste al pensar en el costo que su libertad había tenido, pues no tenía pareja ni hijos. Ella bailaba y cantaba todo el tiempo, se enamoraba de muchachitos, y algunas veces, de hombres incompletos: a los que les faltaba una pierna, un ojo, un brazo, o que estaban locos, por lo vivido en la guerra. Ella hizo una descripción del rostro de estos hombres: aún así, incompletos, los ojos y el rostro se les iluminaba cuando lograban sentir: amor, paz, compañía. Ella se enamoraba de seres fantasmales, hasta que se dio cuenta de que ella misma era una sobreviviente de esa guerra y que también se sentía incompleta. Acababa de hacer maletas para irse sin un rumbo explícito, con esa consciencia nueva de sí, cuando apareció un hombre completo, encanecido, tranquilo, al que ella apenas reconoció de tantas arrugas y paz que ahora tenía. Sí, te recuerdo. Eras el muchachito que me esperaba detrás del escenario.

Fuera de escena, el lama, en cambio, hablaba sobre el ser sintiente de la compasión y la benevolencia y del objeto de la compasión y la benevolencia; sobre el vínculo entre ellos, que algunas veces el ego nubla y genera un vínculo de compasión que detiene el crecimiento. Habló del niño o la niña benevolente, que algunas veces actúa en nosotros sin medir las consecuencias de la totalidad de las cosas; del niño o niña compasivo, que desde su consciencia infantil no conoce de límites sobre sí ni sobre el objeto de la benevolencia y la compasión. También dijo que en su interior profundo, el adulto sabe, pero no sabe algunas veces cómo escuchar y ese es el proceso: escuchar en el silencio del vacío, que es todo, la voz de nosotros mismos; y, practicar hacia sí la benevolencia y la compasión, actuando con respeto y sin juicio sobre lo que esa voz nos permite saber que necesitamos.

Después vino una lectura, otra, sobre el problema de los vínculos humanos, el cuerpo y el espíritu. Desde la experiencia, mis habilidades para ficcionar, la investigación desde la historia cultural de las emociones y la observación, desde mis experiencias amorosas con hombres y mujeres que han sobrevivido las guerras interiores y las sociales, sé que nuestro cuerpo, pensamiento, espíritu, se nutre de la energía vital de las otras personas, que una persona que recibe dosis pequeñas de amor  o grandes dosis de amor durante su proceso de formación temprana es  capaz de reconstruirse en esa misma medida, y que en esa misma medida da y recibe amor. Que es posible que una persona aprenda a recibir y dar amor en edad adulta, pero no sé cómo todavía. Esto tiene que ver con la inteligencia emocional, con el proceso de formación de la consciencia, del lenguaje, de LOS lenguajes y con la posibilidad de aprender nuevas estrategias y formular en la práctica de la vida material innovaciones y/o adaptaciones.

La idea de amor, el pensamiento sobre el amor, es una construcción cultural, es lenguaje, es imagen; sin embargo, detrás de esos discursos "incorporados" está la energía fundamental de la existencia, la energía vital excitada (en movimiento) deseosa, aún en su inconsciencia, de entrar en contacto con los nutrientes vitales de los otros cuerpos. La materia animada, la materia orgánica viva, la química orgánica, las moléculas, las membranas... Una membrana, que se abre y se cierra a la vida, que produce y es vida: el deseo primario de sobrevivir. Así de simple es el amor. Y cuando un ser viviente recibe amor, ese nutriente, su cuerpo, su mente, su espíritu, se transforma y vive; cuando no, lentamente, se enferma y muere por la falta de amor: de movimiento, de excitación vital: empieza a transformarse en cadáver.

Tengo nuevas preguntas sobre el tema de los vínculos, lo siento aquí, en la cabeza. ¿Qué sucede en la vejez? ¿Cómo es la muerte de un anciano feliz? ¿Qué es la muerte? Y estas preguntas y búsquedas son consecuentes con mi trabajo de investigación sobre la migración y los objetos trasladados, conservados, queridos, por las personas que reinician la vida en un nuevo territorio. Vínculos... sobre esas aguas navegaré y me sumergiré en los siguientes meses.