9 de agosto de 2014

Changos y bicicletas (trayectorias del sí y del no)

Me gusta decir que sí a todas las oportunidades de aprendizaje, pero a veces me vuelvo loca por andar en todo sin descanso y duermo muy poco preparando las actividades del día siguiente, entonces me pongo muy de malas porque me quedo sin dinero y sin energía para hacer lo que realmente es necesario. Todo es relevante, más si implica la colaboración con personas que respeto y aprecio. Mi respuesta es sí, sí, sí, en automático, y no me había dado cuenta. El no suena a puertas cerradas, a quedar fuera, a dejar de estar presente, a insuficiencia; es algo aprendido que asocio con la educación tradicional de las mujeres y también con las prácticas reminiscentes del colonialismo, que involuntariamente reproduzco y reproducimos. El sí sereno, crítico y reflexivo implica al no, y una consciencia despierta que puede discernir.

Me pregunto qué es lo necesario y empiezo a observar que incluye resolver lo cotidiano (casa, familia, salud, pagos y trámites en las instituciones, así como cosas del auto para garantizar la movilidad); la agenda relacionda con el trabajo asalariado y los procesos académicos que me permiten tener acceso a un empleo; el descanso, la diversión, la fiesta, el sexo, la amistad y el amor. En todos los casos tiene que ver con la sobrevivencia y el bienestar. Ingeniármelas para resolverlo desde esta soltería voluntaria ha sido una ruta compleja, desgastante en ocasiones y de una enorme satisfacción en otras. El contexto del sitio que ocupo no está hecho para mujeres solas, situación que se modifica muy lentamente, y comprenderlo en todas sus dimensiones como parte de esas cosas invisibles que una enfrenta implica alimentar convicción y voluntad de querer vivir de este modo al que va llegando una por instinto; este modo, tiene su origen en el deseo de Ser libre.

Estas semanas de estar en casa me han dado bastante silencio y un panorama de mis trayectorias. Observé que he descrito trayectoriaS y que he explotado en varias direcciones. Estos últimos años he estado haciendo demasiadas cosas, medio conectadas, y de manera inconsciente. Y esa es una de las cuestiones que me enloquecen, que algunas no he logrado concluirlas y había creído que poco a poco se irían resolviendo, pero no ha sido así. Siempre he tenido más trabajo y una larga lista de pendientes que creo que me persiguen. Con mucha razón, en cuanto entro en reposo me siento tan cansada mentalmente, no resulta fácil concentrarme; mi cuerpo solicita atención médica, amorosa y, en esta ocasión, ejercitante. Sentí que llevaba demasiadas cosas revueltas y estaba por reventarme si no lograba desatarlas.

Y, es que por lo lo general en mi pensamiento hay una jungla poblada por una manada changos salvajes que gritan todo el día, que explican cosas y riñen entre sí. Saltan de una rama a otra y hasta de dos en dos, discutiendo y pelándose los dientes uno a otro con harta furia, emitiendo alaridos a lo pendejo cada vez más fuerte. Las bombas también explotan en mi cabeza, los sobrevivientes de tantos muertos, los esclavos bajo el calor de las minas clandestinas, los barcos que llevan niños, las reformas... y así, una tortura de culpas y pesares. En esa selva de información y pensamientos me pierdo con frecuencia, ahí desaparezco. Decidí atenderlo abriendo mis oídos a otros mensajes y a prepararme para la paz.

Correr y andar en bici  me traen al presente, danzar libera cargas y acomoda historias, meditar alimenta el vacío y silencio interior, estar en casa y dormir me tranquilizan. Es un coctelito necesario para una mujer loca como yo, y bienvenidos coctelito y locura en tanto me permiten decir no o decir sí. Sólo así todos los changos empiezan a tranquilizarse, bajan a tierra y se acomodan como una enorme familia de mamíferos en reposo; la carga de sonidos que resuenan en mi cabeza se disuelve y entonces me escucho, lo mejor es que alcanzo a escuchar a las personas que son importantes en mi vida y es un acto bien feliz poder escucharlas, estar con ellas; y comprendo la importancia de hacer cosas sencillas que me alienten, me hacen sentir amada y preparada para lo que sigue.

De esta manera empiezo a poner orden, a jerarquizar y a descartar actividades; al principio con pena, después con bastante claridad. Tener objetivos claros me relaja y en forma simultánea direcciono mi energía hacia un propósito con toda la intención posible. Disponer de tiempo para analizar este caos y escribir en sí misma constituye una ventaja de mi condición de mujer autónoma, que me permite responder desde lo que es posible, además de necesario, aún cuando implique esfuerzo.