26 de abril de 2011

Hoy estuve en la universidad, que es como volver a casa. Hay algo ahí que pertenece, tal vez es el tiempo o el pasto o los salones o la paredes. Vi a "la gente" más grande y a los estudiantes cada vez más jovencitos. Alguna vez me vi así y no me di cuenta, siempre creí que era muy mayor, muy chingona, muy muy muy y era una chamaquita.

La cafetería, aunque ahora parece un centro comercial de San Ysidro venido a menos o una maquila de comida rápida, es como siempre terriblemente mala. Los precios son muy caros y la comida horrorosa: grasa, grasa, sal, harina, grasa. Comer bien ahí es como de risa. Por 30 pesos se consigue un burrito de asada y una coca-cola. Una manzana cuesta 10 pesos, un café 8 ó 10, una botella chiquita de agua 15, un agua de jamaica 15, un yogurt chico con fruta oreada 25, una ensalada de lechuga amarilla y pechuga de pollo industrial 45. Una comida corrida 55 más la bebida.

Existen claramente dos universidades: la univesidad imaginada, con sus certificaciones nacionales e internacionales, sus programas por competencias y de intercambio académico a Europa, la globalizada; y la otra universidad, de la clase media empobrecida, la de los jóvenes que van por inercia o porque esperan algo o porque creen que tendrán un poco más de suerte que el resto de los chicos o porque pueden,  la universidad que no tiene nada que ver con la imaginada ni con la sociedad ni con las otras instituciones, que tampoco saben nada de universidad ni de lenguajes académicos. Yo creo que la universidad está entrampada en sí misma y no sabe cómo ser para la comunidad, que los universitarios cuando egresan se enfrentan a un mundo en el que no caben, un mundo ilegible y que no reconocen porque no estaba en sus libros como tampoco está la sociedad "real" en los libros ni en los planes de estudios. Así pues, la universidad y la sociedad son dos mundos distantes que con dificultad se perciben.

No encontré una sola señal de inconformidad, algún indicio de un cuestionamiento, un algo, un algo, por pequeño, sobre las cosas terribles que le suceden a México. ¿Será de verdad que esta ciudad es parte de otro país? ¿que pertenecemos a otra cultura? ¿que no nos toca igual que al resto de los mexicanos la pobreza? ¿que la pobreza del resto del país no la conocemos? ¿que no la imaginamos siquiera? ¿que pese a lo vivido en los últimos años tampoco hemos visto el rostro completo de la violencia? ¿que la guerra siempre es en otro lugar? ¿que los muertos son de otros? Yo agradezco a mi universidad todo lo que me ha dado, que alimente mis preguntas de esta manera, que me aterrice como siempre y confío en que a otros les suceda igual.

Y claro, la demagogia. El micropresidencialismo sobrevive, excluye, desoye, y recibe cheque quincenal muy puntualmente.

Entonces, el esfuerzo de algunos, poquitos, por comunicar a estos dos mundos desde y en la universidad es titánico, un acto de amor y hasta de patriotismo. Quiero dar clase de nuevo, aprender mucho más, todo lo que haga falta.