8 de septiembre de 2013

Conocer todo lo que conocí en ese viaje alimenta el equilibrio de mi estancia aquí (en este planeta, en este tiempo), porque también he conocido algunos humanos detestables, muy malitos. Hay uno en especial que despierta mi misericordia y me sirve para convocar a todos los espíritus pacificadores a mi casa para tranquilizar a la destructora que me habita.

Es un gran descubrimiento saber que puedo elegir en quien reflejarme para encontrar los detalles de siempre y los que están por revelarse; con todas las responsabilidades implicadas, tirarle piedras al espejo, meter todas las astillas en una bolsa de basura negra y esperar que llegue el lunes para decirle al recolector que la maneje con cuidado porque puede cortarse. Hay una frontera necesaria para contener el horror, el miedo, el dolor, las deslealtades, pero también puede una construir fronteras involuntarias que dejan fuera la libertad y la felicidad. Nunca había sido tan frágil, ni me había mostrado tan desnuda.

En este viaje comprendí la utilidad simbólica de las fronteras: demarcan mundos, territorios, cuerpos, sueños, palabras: el contacto: afuera, adentro, propio e impropio, amigo y enemigo. En el fondo sigo pensando que las fronteras deben desaparecer, las políticas principalmente. Las fronteras simbólicas por ahora son necesarias, aunque tampoco debieran existir, sin embargo bienvenidas mientras el miedo al otro o el deseo ronde sobre algo a lo que no tiene derecho, como a la mirada, las palabras o los sueños. Desvanecerlas implica una transformación profunda, confrontar eso que llaman ego: aprender a completarse.

Los viejitos aquellos de la confabulación de la que fui testigo, dicen que una solo puede completarse cuando dispone de una ética para la paz, cuando aprende a vivir con los otros y los otros aprenden a vivir con una; cuando se per-dona, cuando se provoca el desplazamiento de los dones que una tiene hacia el servicio de las otras personas y cuando hay justicia en ese intercambio de dones. Por eso digo que participé en una confabulación utópica.