8 de septiembre de 2013

El otro día salí de viaje. Fui a parar a un lugar donde confabulaban hombres y mujeres de generaciones que han sobrevivido la hecatombe de muchos mundos. Por el color de sus ideas me dio por pensar que aprendieron a sobrevolar la mierda y que algunos se transformaron creaturillas subterráneas que anidan utopías.

Uno de ellos inventó una escuela sin salones que se coordina desde una casa de la comunidad (cualquier comunidad, Las Villas, por ejemplo). Acuden los que están en edad de aprender (es decir, no importa la edad) y estudian para resolver en la práctica las necesidades de la comunidad: salud pública, economía doméstica y societal,  intercambio justo; ingenierías para la producción de energías sustentables, esas que son gratis y provenientes del sol, del viento, del agua, de los gases que desprende la basura; urbanismo y arquitectura (todos hacen las casas de todos y las reparan, para que todos tengan casas habitables y dignas), ingeniería agropecuaria y nutrición; también, inventan nuevas normas de convivencia, la inclusión, la resolución de conflictos, el respeto hacia la diferencia, etcétera, etcétera.

En esas escuelas se aprecia el conocimiento de los maestros, sobre todo de aquellos que tienen más experiencia. De la sección de arte para qué les cuento, lo que planteó el viejito rebasaba mis sueños. El ha empezado a echar a andar esta escuela en un país de América del Sur. Estas escuelas se coordinarán a través de redes y la información que produzcan será pública y gratuita, estará actualizada, etcétera, etcétera.

Los etcétera son todo lo que no alcanzó a incorporar porque tengo una estructura de lenguaje limitada, educada, domesticada, hecha a modo, para entender sólo una pequeña parte del mundo.