27 de octubre de 2013

Fueron tantas las demonias que incluso peleaban entre ellas por tener un lugar entre mis sueños. Anoche, eran sedas traslúcidas volando sobre mi cama: vi sus lenguas aleteándoles la boca, de sus dedos crecerles las uñas. En un lugar marchito concluye algunas veces la euforia, no descenderé más por esas escaleras. Allí, abajo, adentro, las mutaciones, la hipersensibilidad alucinante. Conozco esa aldaba que cierra por dentro a las dos de la mañana, esa puerta conduce a la misma habitación en todas las ciudades. Sé cómo entrar, rodar, arrastrarme y trepar a gatas hacia la salida. Sé. Hace tiempo transité esa madrugada de héroes que no logran completar el viaje. Caminé con ellos, volé con ellos, fui ellos: éramos, consumidos por la acción de recordar. El abismo que sondeo es distinto, es agua. En él soy un pez de piel transparente y vísceras expuestas; venenoso, una vez ingerido. A pesar de eso, los ojos me delatan en lo oscuro y gritos dan de gusto estas sombras desgarradas.