24 de marzo de 2014

La danza de las lechuzas

Mi papá se llamaba Manuel y hablaba con las lechuzas. Aseguraba que durante las madrugadas sostenían largas conversaciones sobre política, dios y mecánica universal. En una ocasión salió en desacuerdo con una de ellas y ésta se organizó con las otras para hablarle sólo de la muerte y los demonios. Así fue que empezaron a perseguirlo en parvadas de día y de noche, sin darle un momento de serenidad. El hombre ni dormía ante la amenaza de que le sacarían los ojos durante el sueño.

Las lechuzas no podían entrar en nuestra casa cuando venía a visitarnos, pero se quedaban paradas en el balcón y en las orillas de las ventanas. ¡Ahí están, no dejan de mirarme! ¡Ahí están las muy cabronas! Me están hablando con telepatía las hijas de la chingada, pero no voy a salir. Tú no puedes verlas porque se vuelven invisibles a los ojos de las niñas, cuando crezcas podrás. Pero, no vayas a creerles nada, ni te fíes de sus palabras, porque las lechuzas mienten todo el tiempo.

En ocasiones convencía a algunos de sus compas para emborracharlas y seguir con sus infinitas discusiones nocturnas. Otras veces las agarraba a pedradas y en la mañana lo que encontraban era un desmadre que atribuía a sus enemigas para dar forma a otra de sus batallas. A su imaginación delirante y a su miedo no le gana nadie que yo conozca todavía. En su boca se tejían dos mundos y ambos eran por completo reales para él, para mí, para nosotras. Se alejaba durante meses de la gente y permanecía en su cantón para acabar con ellas a palos y a maldiciones.

Después volvía, siempre volvía. Entonces, iniciaban los relatos sobre su heroísmo contados en la forma más cómica de todas, que incluían danzas, vestuario, canciones, zapatos volando y un sin fin de personajes. Casi moríamos de risa y parecía buena idea que estuviera cerca. Luego, sin advertencia, una lechuza aparecía en la ventana.


Publicado en la revista electrónica Espiral, julio 2014.