1 de marzo de 2014

Rosarito es un pueblo mágico. Sí, pues, hay muchas balas, pero las personas "que han vivido ahí desde siempre" inventan la forma de continuar con vida y buscan un pedazo de realidad para asirse. Sobrevive en ellas la cultura del campo, el desprendimiento que deja la migración, el deseo de apropiación de lo modificable, las huellas que laborar en la frontera y atender gringos durante muchos años deja; mitos, muchos mitos, la nostalgia de paraísos fugaces y el trabajo duro como ruta firme. Saben de saltarse la línea y regresar (crossborders) sin importar demás si al intentarlo se resbalan. Son previsores y tenaces. Si hay que pelear lo tienen claro, dan batalla. Algunos, algunos.

Me gana el amor al pensar en el pueblo y al visitarlo, allá tengo algunos amigos medio locos que aprecio por lo que son: unos guerreros incansables que, a pesar de que no saben nadar, surfean como nadie. Enfrentan con la fuerza de su corazón los remolinos que no se ven desde la superficie, conocen la manera de librarlos aunque se raspen un poco y les brote sangrita. Me pongo bien feliz cuando nos vemos porque sano, entiendo cosas, hablo como loca o hago cosas absurdas y ellos entienden. Además, me cuentan las cosas más insólitas sobre el mundo y sus alrededores. Si alguien tiene otra versión de Rosaro es porque no ha tenido la suerte de conocerlos. Allá las máscaras se derriten delante de las fogatas o frente a la humedad de la playa; las horas se vuelven días, cientos de años, un puente hacia un lugar sin nombre por todos nosotros conocido.

¡Ya me voy a Rosarito! ¡y llueve, llueve!

Bien bonito.

PD: En el Pelícanos y en el Tapanco sirven el mejor café con vista al mar.