15 de diciembre de 2012


El gato camina sobre mi espalda, ronronea, marcha sobre mi cabeza. El tic tac del reloj se confunde con las gotas de lluvia que caen en el patio. Yo enciendo la calefacción y un cigarro, me siento frente al escritorio. El silencio en ocasiones es un aliado.

Mi gato es lo único que queda vivo de un montón de noches que empiezan a borrarse. Fui testigo de su concepción y de su nacimiento. Hay algo en él de Pakal, su padre. A pesar de que durante un tiempo fui una gran gata y dormía junto a un gran gato, sé muy poco de gatos, casi nada. Este parece quererme. Siempre lo encuentro cerca de la ventana, no obstante que la dejo abierta con la esperanza de que un día emigre para siempre a otro hogar o al cielo. Sin embargo, parece tener aquí algún asunto importante. He aprendido a hacer con él negociaciones, sabe que le está prohíbido entrar a mi recámara y que debe mantenerse lejos de mí cuando me preparo para ir al trabajo. Ha sido un reto muy grande ocuparme de otro mamífero, sentir por él algo de cariño. Ahora comprendo un poco más a las madres, sobre todo a aquellas que se quedan con los chamacos. El gato es un animal independiente, le tiene completamente sin cuidado su origen y andar desnudo.