13 de diciembre de 2012


En 1997 leí por primera vez Las palabras y las cosas. Fue una experiencia plana, la viví acompañada de un diccionario y una enciclopedia. No terminé el libro, era una pérdida de tiempo porque no entendía mucho. Pensé que cuando fuera más grande me quedaría claro. En ese momento lo único que comprendí fue que la palabra no era la cosa y que la arbitrarierad subyacía en las interpretaciones propuestas por las ciencias sociales. Sin embargo, aún pensaba que era posible la certeza y que por lo tanto las ciencias sociales eran ciertas.

Por ahí del 2005 me tocó exponer la Introducción en una clase. Descifrarla me tomó una semana y entonces pensé que había crecido un poco y que finalmente había comprendido: el mundo era arbitrario, nos comunicábamos milagrosamente y por convenciones, la sociedad era un pacto donde actuábamos como si nos entendiésemos, así que le atribuí grandeza y hasta magia al lenguaje. Los lingüístas, los semiólogos y los filósofos del lenguaje eran como dioses, una autoridad insuperable. Entonces me volqué hacia el giro lingüístico como posibilidad de entendimiento, hacia la cultura y la poesía. Establecí una nueva forma de construir certezas en un mundo pantanoso y frágil. Los defensores de lo sólido eran monumentos históricos.

Lo que nunca ví fue la importancia del orden, sólo había reconocido el significado de la arbitrariedad y la relevancia de las representaciones. Ese libro trata, además, del orden como principio de la vida humana y del lenguaje como un sistema ordenador, reproductor y creador de sistemas de pensamiento, del orden como práctica. El lenguaje comunica un orden, un sistema de pensamiento, un modelo cultural fincado en un orden de las cosas que evoluciona porque es maleable pero que finalmente se sostiene en una estructura sólida: el poder. Y, el lenguaje español, es regulado por una institución del siglo XVIII llamada Real Academia Española. "Real", que aduce a la realeza, a la jerarquía, a lo legítimo por derecho "divinino", ¡a la monarquía! A una forma de pensar el orden dada como verdad absoluta.

Supongo que mi preoucupación ha sido visitada y resuelta por miles de personas que estudian mucho. Reconozco que para mí es novedad. Revisar esta idea tiene muchas vertientes, por ahora sigo analizando la cuestión del orden como sistema de prácticas de la vida cotidiana que sirven para sobrevivir en este caos. (Orden en mis finanzas, orden en mis palabras, orden en mi escritorio, orden en mi cuarto, orden en mi alacena, orden en mi espíritu). Y me pregunto por qué Foucault enredó tanto las cosas, por qué los intelectuales dicen cosas tan importantes y simples de esa forma tan rebuscada y críptica. ¿Cómo se socializa esto para que sea útil, para lograr que la evidente ilegitimidad del orden sea cuestionada y lograr un orden construído desde la justicia?

Este es un texto sobre el amor y el deseo.