28 de diciembre de 2012
















La mitad de mis vecinos se fue de vacaciones. En la privada hay mucha calma y por las noches un delirante silencio.

El frío es muy intenso y a veces sopla un viento que quema la piel. Ha habido días de neblina en los que el mundo exterior se vuelve agua y mi casa una hielera. Sin embargo los colores mango y canela de los muros brillan de manera peculiar cuando sale el solecito, como si irradiaran.

Hace dos semanas que estoy aquí y no he visto a nadie ni he hablado con ninguna persona del barrio. Los lunes por la mañana los botes de basura aparecen llenos delante de las puertas. En uno que otro patio hay luces encendidas cuando cae la tarde y detrás de las ventanas algunos focos iluminan las habitaciones. Mi vecino de al lado entra sin hacer ruido a su vivienda, parece  que enaceito la reja y afinó su pick up.

Las casas que están en la parte posterior y frente a la mía se han quedado solas por completo. Sus propietarios abandonaron el vecindario hace algunos meses y eso pronuncia el ambiente de aislamiento. Por momentos tengo la sensación de no estar en esta ciudad -ni siquiera en este mundo.

A veces escucho voces irreconocibles de hombres, mujeres y niños; martilleos, sierras y fierros que se arrastran; ladridos, cantos de gallos, cuervos y gorriones; alarmas de autos, explosiones de mofles, motores de motocicletas y el rodar de las llantas sobre el asfalto cuando entran y salen los autos; música de regae, norteño o pop de los ochenta que alguien más hace sonar;  el tic tac del reloj sobre mi pared, el iii de la luz encendida, el huuu del refri, el miau del flechito y el plat de mis uñas sobre el teclado.