20 de febrero de 2013

Ojos de maíz

Caminaba en medio de una milpa y era de mañana. Iba con prisa y avanzaba a ciegas entre los surcos. Cautelosa me abría paso entre las plantas que rebasaban por mucho mi estatura. Andando tropecé con una montaña pequeña de tierra y me detuve con espanto al reconocer que sobre ella estaba una mano muerta. Junto, seguían otras. Había una que estaba abierta y en su interior descansaba el cuerpo de un campesino sin vida. El maizal respiraba y cantaba recio movido por viento, decía cosas en un lenguaje incomprensible. Corrí hasta la carretera, avancé por su centro y disminuí la velocidad de mis pasos al descubrir que las orillas del camino estaban custodiadas por hombres y mujeres sentados en cuclillas, que guardaban silencio y prestaban mucha atención. Sus cuerpos eran de hojas de maíz vivo y sus cabellos de borla. En sus manos sostenían lanzas hechas de tallos y sus ojos, sus inolvidables ojos sin miedo, eran dos granos oscuros de este alimento sagrado.